DIÁLOGOS. REVISTA
ELECTRÓNICA DE HISTORIA
Escuela de Historia. Universidad de
Costa Rica

Licda. Isabel Gamboa
Barboza
Comité
Editorial:
Director
de
Miembros del
Consejo Editorial:: Dr. Ronny Viales, Dr. Guillermo Carvajal, MSc. Francisco
Enríquez, Msc. Bernal Rivas y MSc. Ana María Botey
“Diálogos Revista Electrónica de Historia” se publica
interrumpidamente desde octubre de 1999
Palabras claves:
construcción de identidades,
prácticas sexuales, psiquiatría, historia y sexualidad.
key words: identities construction, sexual practices, psychiatry, history and sexuality,
Resumen
Esta investigación pone al descubierto la relación entre la construcción de identidades y las prácticas sexuales y las prácticas médicas. En el artículo se procura analizar e interpretar cómo en la construcción de las identidades y prácticas sexuales las concepciones médicas tienen un peso singular en el etiquetamiento social de los enfermos o supuestos enfermos. La autora estudia como apesar de que hoy en día la psiquiatría ya no clasifica a la homosexualidad clínicamente como una enfermedad mental, si continúa construyendo caracterizaciones de algunas identidades y prácticas sexuales como trastornos, teniendo como punto tácito de comparación o referencia más importante, ciertas identidades y prácticas asociadas a la heterosexualidad reproductora presentadas como el paradigma de la sexualidad saludable
Abstract
This research addresses the
connection between the construction of identities, sexual behaviors, and
medical practices. The article intends to analyze and understand the way in
which medical approaches have a significant impact on the social labelling of
the ill or those supposedly ill. The author analyzes how psychiatry –despite it
no longer classifies homosexuality as a mental disease from a clinical
viewpoint–continues to conceptualize some identities and sexual practices as
disorders, taking as its key point of comparison or reference, certain
identities or practices associated with reproductive heterosexuality as opposed
to healthy sexual practices.
Msc. Isabel Gamboa.
Licenciada en Sociología, egresada de
Presentación
Este es una avance de la investigación sobre “La
construcción de identidades y prácticas sexuales en el abordaje -ingreso,
diagnóstico, pronóstico y tratamiento- psiquiátrico. Análisis histórico para el
Hospital Nacional Psiquiátrico, Costa Rica, período 1978-
El objetivo específico concerniente a
este ensayo busca describir y analizar las diferentes
clasificaciones y caracterizaciones de las prácticas e identidades sexuales
presentes en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales
(DSM) de
Para esta investigación estoy entendiendo como
práctica sexual los gustos, algo con lo que se puede satisfacer un deseo
erótico -tener sexo en silencio, en público, en la casa, con zapatos, etc.- que
cualquier persona pueda tener independientemente de su identidad sexual,
mientras que las identidades sexuales se relacionan con el objeto de deseo elegido, sea
este homosexual, bisexual, lésbico, heterosexual u otro.
Ahora sí, ¿por qué este
tema? Pues porque las identidades y las prácticas sexuales son de las
construcciones culturales que más se naturalizan y al hacerlo, se edifican
representaciones sociales que, aunque contradictorias en sus discursos y
acciones, sus mandatos y trasgresiones, logran instaurar una normalidad moral,
psíquica y legal que descarta las fantasías, deseos y prácticas de, probablemente,
la mayoría de seres humanos. No sólo desde el sentido común de quienes no han
estado en el sistema educativo formal se reproduce este modelo sexual, también
desde el sentido común de quienes se dedican al periodismo, a la sociología, la
historia, la economía, etc. Las personas, independientemente de nuestro status
cultural, económico, académico o religioso, tendemos a dar por sentado casi
todo lo que tiene que ver con la sexualidad. Con ello, contribuimos a deificar
un sistema que se explica a sí mismo desatendiendo cualquier análisis
histórico. Pero tanto las experiencias de personas que se incluyen en
identidades estigmatizadas -y que por ello son moral y simbólicamente
desautorizadas- como las de quienes se asumen heterosexuales, son investigables
desde las ciencias sociales, evidentemente no para saber “por qué son así”,
sino para profundizar en el conocimiento de la construcción social de la
sexualidad y contribuir en su historización.
Dicha construcción no es
para nada azarosa, está orientada de muchas maneras, institucionalizando
ciertos deseos y prácticas eróticas heterosexuales como el paradigma de la
naturalidad desde el que se sujetan, orientan y producen apetitos y prácticas,
aunque, ciertamente, sin lograr contener decididamente la diversidad del deseo.
La heterosexualidad vista
como institución, esto es, como el lugar donde se instaura la legitimidad
sexual, es una construcción histórica inacabada en la cual participan otras
instituciones tales como la religión, la educación, la legislación y la
medicina.
Dentro de esta última, la
psiquiatría, con la participación de la psicología, la enfermería y el trabajo
social, ha tenido la función de regular el comportamiento sexual mediante la
observación, el análisis, la clasificación, el diagnóstico y la medicación de
aquellas identidades, deseos, fantasías y prácticas sexuales que están fuera de
una “sexualidad saludable”.
Entonces, ¿Tiene algo que
decir la historia, como disciplina, de la sexualidad en las personas, en los
grupos, en las instituciones? Claro que sí. Para empezar, debe contribuir a
trastornar el orden según el cual la sexualidad se ubica solo en el registro de
lo natural.
En ese trasiego se ubica
esta investigación de la cual presento enseguida algunos elementos teóricos que
le sustentan para, en una segunda parte, describir y analizar las identidades y
prácticas sexuales presentes en los manuales y su relación con las
representaciones del discurso psiquiátrico.
Iniciemos considerando, en
acuerdo con Jeffrey Weeks, que existen tres momentos fundamentales en la
historia de la sexualidad, según los cuales, durante el siglo I de esta era se
fortalece el ascetismo sexual, pasando a los siglos XII y XIII en los cuales se
regula el matrimonio para que luego, durante los siglos XVIII y XIX, la
medicina, la psicología y la educación compartan con los poderes religiosos en
la construcción de una normalidad sexual que por definición incluye únicamente
las relaciones heterosexuales, convirtiendo todo lo demás en desviación sexual.[32]
Ciertamente, durante los
siglos XVIII y XIX principia lo que serían las representaciones contemporáneas
de la sexualidad que incluyen:
“(…)
nuevas tipologías de la degeneración y la perversión y hubo un crecimiento
decisivo de nuevas identidades sexuales. La homosexualidad dejó de ser una
categoría del pecado para convertirse en una disposición psicosexual. La
sexología empezó a hacer especulaciones acerca de las leyes del sexo, y la
“sexualidad” finalmente surgió como un continente de conocimientos separado con
sus propios efectos distintivos.”[33]
Este movimiento que,
conservando mucho de lo viejo, ofrecía innovaciones, estuvo relacionado con un
aumento en la atención que socialmente se prestaba a los individuos en busca de
uniformidad moral, ventura económica, salud y seguridad nacionales. Estas
preocupaciones incluyeron como un tema más, la vida sexual de cada quien por lo que ésta también fue
gobernada, temida, investigada e intervenida legal, médica y asistencialmente.[34]
Producto del gobierno y la
indagación del sexo se crean, según Weeks, dos conceptos fundamentales: el de
perversión y el de diversidad. Estos conceptos surgen en el contexto de una
jerarquización sexual que genera propuestas conservadoras, como la de
perversión como el lugar más bajo de la desviación, y lecturas no hegemónicas
como la idea de diversidad que apunta a un continuum que expresa
diferentes manifestaciones, ninguna de las cuales vale más que otra.[35]
Los intereses
investigativos, representados en parte por la sexología, están claramente
enfocados: lo que importa no es la heterosexualidad, con lo cual se la
naturaliza, sino la etiología y descripción de las perversiones, y con ello, su
patologización.[36]
Por su parte Michel Foucault
ubica los inicios de nuestra moral sexual a finales del siglo XVII, época en
que comienza a desaparecer la flexibilidad sexual característica de tiempos
anteriores. A la par del surgimiento del capitalismo y de la clase victoriana,
se inician cambios que aún permanecen en el imaginario actual:
“Entonces
la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. La familia conyugal la
confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En
torno al sexo, silencio. Dicta la ley la pareja legítima y procreadora. Se
impone como modelo, hace valer la norma, detenta la verdad, retiene el derecho
de hablar –reservándose el principio del secreto. Tanto en el espacio social
como en el corazón de cada hogar existe un único lugar de sexualidad
reconocida, utilitaria y fecunda: la alcoba de los padres. El resto no tiene
más que esfumarse; la conveniencia de las actitudes esquiva los cuerpos, la
decencia de las palabras blanquea los discursos.”[37]
Para él, este es el tiempo
que ve nacer la represión, el silenciamiento, la reubicación y la clasificación
de toda identidad y práctica que no fuera la heterosexual-matrimonial, proceso
que contó con la psiquiatría para trasladar: “(…) el placer que no se menciona
al orden de las cosas que se contabilizan.”[38]
Medicina, justicia penal y
psiquiatría se constituyeron en los principales productores de discursos sobre
el sexo durante los siglos XVIII y XIX. Uno de esos productos, dado en el XIX,
es la invención de la homosexualidad:
“Esta nueva caza de las sexualidades periféricas produce una incorporación de las perversiones y una nueva especificación de los individuos. La sodomía –la de los antiguos derechos civil y canónico- era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que su sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; así mismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología (…) La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie.”[39]
Según ella:
“El
género afecta al funcionamiento del sistema sexual, y éste ha poseído siempre
manifestaciones de género específicas. Pero aunque el sexo y el género están
relacionados, no son la misma cosa, y constituyen la base de dos áreas
distintas de la práctica social. (Por lo cual) es absolutamente esencial
analizar separadamente género y sexualidad si se desean reflejar con mayor
fidelidad sus existencias sociales distintas. ”[41]
Al decir esto, Rubin
favorece la distinción entre interpretaciones –feministas esencialistas y
antifeministas- que naturalizan lo sexual al partir de la existencia de dos
sexos y dos géneros que se corresponden entre sí, colocando a los primeros como
lo biológico y a los segundos en el terreno cultural, e interpretaciones
radicales que proponen la existencia de múltiples sexos y géneros, y donde unos
y otros son construcción cultural.
En lo que ella misma titula
teoría radical del sexo, Gayle Rubin propone la existencia de algunos axiomas
que, generalmente de modo inconsciente y entremezclados entre sí, subyacen en
todo pensamiento alrededor de la sexualidad. Uno de ellos es el esencialismo
sexual que consiste en designar al sexo como algo natural que se manda a sí
mismo independientemente del contexto cultural. También menciona la negatividad
sexual, proposición según la cual el sexo es algo malo, peligroso e
incontenible. La falacia de la escala extraviada es el axioma desde el cual se
valora excesivamente el sexo y sus consecuencias, incluyendo los supuestos
castigos que genera. Por su parte, la valoración jerárquica de los actos
sexuales concede el lugar superior, moralmente hablando, a los actos
heterosexuales realizados dentro del matrimonio con fines reproductivos, y la
última grada a los transexuales, travestís, fetichistas, sadomasoquistas y
otros. La teoría del dominó del peligro sexual, patrocina la necesidad de
establecer límites entre la sexualidad sana y la enferma, sosteniendo que de lo
contrario se darían importantes consecuencias dañinas. Finalmente, la ausencia
de un concepto de variedad sexual benigna afirma la existencia de una manera
mejor de practicar el sexo, resultando las otras en el territorio de la maldad.[42]
Para Rubin, en estos pensamientos alrededor de la sexualidad, la medicina
y la psiquiatría han tenido una función central en la medida en que contribuyen
con la producción de categorías que colocan algunas conductas sexuales como
equivocadas.[43] Afirma que el
apartado sobre desórdenes psicosexuales del DSM es claro ejemplo de la
jerarquía moral actual.
Esta jerarquía se manifiesta
mediante la clasificación de la sexualidad en una que se propone como buena,
normal, natural, sagrada –heterosexual, en
matrimonio, monógama, procreadora, no comercial, en parejas, en una
relación, entre miembros de la misma generación, en privado, no pornográfica,
sólo cuerpos y suave- y otra que se representa mala, anormal, antinatural,
maldita –homosexual, sin matrimonio, promiscua, no procreadora, comercial, solo
o en grupos, esporádico, intergeneracional, en público, pornográfica, con
objetos manufacturados, sadomasoquista.[44]
Pero lo “bueno” y lo “malo”
del sexo tiene en su interior gradaciones que van de lo “mejor” a lo “peor”. El
sexo “bueno” –normal, natural, saludable, sagrado- es heterosexual, en matrimonio, monógamo,
procreador y en la casa. El sexo que ocupa una posición intermedia es el
practicado por parejas heterosexuales no casadas, heterosexuales promiscuas, la
masturbación, parejas estables de gay y lesbianas, lesbianas en el bar, gays
promiscuos en saunas o parques. Y el sexo “malo” –anormal, antinatural,
dañino, pecaminoso, “extravagante”- es aquel donde participan travestidos,
transexuales, fetichistas, sadomasoquistas, parejas intergeneracionales y que
se hace por dinero.[45]
Con respecto a la crítica de
naturalizar dos sexos, también Marta Lamas afirma que la existencia de hombres
y mujeres más que un dato biológico lo es cultural.[46] Para ella, el sexo
no tiene solo dos posibilidades sino varias que surgen de las potenciales
combinaciones que se dan entre las siguientes áreas fisiológicas que determinan
el sexo: genes, hormonas, gónadas, órganos reproductivos internos, órganos
reproductivos externos.[47] La combinación,
aproximada e inacabada, de dichas áreas expresan un continuo, y no una dicotomía con lo femenino
y lo masculino como extremos, desde el cual se pueden reconocer al menos cinco
sexos biológicos: varones, personas con dos testículos; mujeres, personas con
dos ovarios; hermafroditas, personas con
un ovario y un testículo al mismo tiempo; hermafroditas masculinos, personas
con testículos y algunos caracteres sexuales femeninos; hermafroditas
femeninos, personas con ovarios y algunos caracteres sexuales masculinos.[48]
La reproducción de la idea
de dos sexos produce solo dos tipos de seres humanos: hombres y mujeres y
también solo dos tipos identidades sexuales: heterosexual y homosexual. Donde
lo homosexual está excluido de la legalidad.[49]
Lo erótico lo es sólo en
contextos culturales específicos, esto que ahora entendemos por sexo, surgido
como unidad conceptual sólo en el mundo moderno, está atravesado por lenguajes
que establecen qué es, qué debería ser y qué podría ser el sexo.[50] Según Weeks:
“Cada
cultura establece lo que Plummer llama “restricciones de quién” y
“restricciones de cómo”. Las “restricciones de quién” tienen que ver con las
parejas, su género, especie, edad, parentesco, raza, casta o clase, y limitan a
quién podemos aceptar como pareja. Las “restricciones de cómo” tienen que ver
con los órganos que usamos, los orificios que se pueden penetrar, el modo de
relación sexual y de coito: qué podemos tocar, cuándo podemos tocar, con qué
frecuencia, y así sucesivamente.”[51]
Para este investigador la
sexualidad contemporánea y occidental es una construcción histórica
contingente, que depende de las diversas posibilidades biológicas y mentales,
tales como el deseo, las necesidades, etc. que pueden tener o no relación entre
sí.”[52]
El intento por definir las
prácticas e identidades sexuales obliga a la revisión de la normalidad y la
anormalidad construida alrededor del tema. Para Weeks:
“En
primer lugar, debemos reconocer, con más facilidad de lo que solemos hacerlo,
que las identidades sexuales no están predeterminadas ni son automáticas o
fijas. Al contrario, están socialmente organizadas y son contingentes y
modificables.”[53]
Lo mismo puede decirse de las prácticas sexuales, no son inherentes ni a las personas ni a las identidades, aunque tanto la psiquiatría como el catolicismo insistan en ello.
Investigadores como Pierre
Bourdieu han ofrecido ideas para el análisis cultural que son ampliamente
útiles para investigar realidades alrededor de la sexualidad.
El autor profundiza en dos
conceptos fundamentales para la interpretación de la realidad, y aunque él
mismo advierte que dichos conceptos no pueden ser definidos de manera aislada,
recupero algunas de sus características, señaladas por el propio Bourdieu, para
las ideas de campo y capital.
Con respecto a la idea de
campo, término que él utiliza en lugar de sociedad, pero de una manera
muchísimo más compleja, ésta alude de manera especial a las relaciones,
pudiendo definirse como las relaciones objetivas que se dan entre instituciones
o personas (agentes para el investigador) según las diferentes posiciones que
ocupen a partir de su situación presente o futura en la repartición del poder
en términos de dominación, subordinación, homología, etc.[54]
El autor dice que estudiar un campo conlleva tres
momentos, el primero trata de analizar el campo en cuestión con respecto al
campo del poder[55]. En
el caso de esta investigación estaría hablando del campo sexual, como uno
subsumido dentro del campo amplio del poder. El segundo momento consiste en
ubicar y analizar las relaciones de poder estructurales entre quienes conformen
los campos analizados[56]. Se trataría de identificar la estructura de poder del campo sexual
(quiénes ocupan un lugar negado y quiénes están autorizados para hablar y
nombrar la normalidad) y el tipo de relaciones que dicho poder origina, es
decir, las respectivas posiciones de poder entre, por un lado, los agentes
denominados “pacientes” y el personal de psiquiatría, enfermería, trabajo
social y psicología que, como agentes también, representan a la institución
psiquiátrica. Los pacientes se constituyen como tales en la medida en que son
nombrados como eso, como pacientes con algún trastorno por los psiquiatras que
están autorizados, por el CIE, el DSM, el colegio profesional, las diferentes
asociaciones, los muchos comités que se especializan en subtemas, y otras
instancias, a colocar a “otros” en la anormalidad.
Y el tercer momento es aquel donde se analizan
los campos, sistemas de relaciones, que se dan con autonomía de las personas
que les integran.[57] Cómo más allá de cada profesional, de cada comité científico, de cada
paciente, existen modalidades de relaciones institucionalizadas en la
psiquiatría que no dependen de la voluntad individual de nadie para darse o
reproducirse. Para este trabajo implicaría acercarse a la manera en que los
agentes –entiéndase personal de psicología, trabajo social, enfermería y
psiquiatría- interpretan la realidad, de acuerdo a sus propias condiciones que
incluye no sólo su ubicación como profesionales, sino también sus valores y sus
propias prácticas e identidad sexuales, cómo perciben lo que hacen y valoran
las apreciaciones de los demás.
Además, para el autor, la
construcción de un campo implica identificar la relación entre las formas
específicas de capital que tienen importancia en ese campo y la lógica
específica de dicho campo.
Con respecto a su idea de
capital, él distingue tres tipos, el económico, el cultural y el social, estos
tres grandes grupos de capital deben ser considerados, además, a la luz del
capital simbólico.
Relacionado con los
capitales, está la idea de poder simbólico que consiste en: “(...) el poder de
construir lo dado enunciándolo, de actuar sobre el mundo al actuar sobre la
representación de éste (...)”.[58]
Para él, el poder simbólico
funciona en la medida en que quien escucha legitima a quien habla, legitimidad
fundamentada en lo que él llama la violencia simbólica, que consiste en imponer
una interpretación de la realidad, hegemónica, como la válida o natural, y en
que esa imposición sea aceptada por quien la recibe. Quien recibe esta
violencia contribuye en su construcción y mantenimiento.
Según el criterio del autor,
este tipo de violencia es mucho más poderosa que la de tipo político-policíaca,
porque no necesita imponer el orden que defiende, ya que éste es aceptado como
válido, debido a que las mismas estructuras mentales de las personas legitiman
como natural lo que en realidad responde a los intereses de unos pocos. Habría
que considerar acá que en el caso de la psiquiatría si bien podemos confirmar
su poder de construir e imponer una normalidad versus trastorno, esto no se da
sin contradicciones, una de las cuales es el hecho de que muchas personas que
están en el hospital lo hacen de manera involuntaria.
El personal del Hospital
Nacional Psiquiátrico, igual que debe hacerse a nivel internacional, debe
reportar las diferentes enfermedades que ahí se atienden de acuerdo a los
criterios diagnósticos de
Antes de comenzar con los
documentos detengámonos en algunas precisiones de vocabulario para facilitar su
entendimiento. La categoría “atípico” hace alusión a la existencia de abundante
información que ubica la clase de trastorno, pero no como para determinar un
diagnóstico preciso. “No especificado” puede querer decir que: no hay
información, la información no puede usarse, la sintomatología no cumple los
criterios de un trastorno específico. “Curso” refiere a la evolución del
trastorno. “Factores predisponentes” son aquellas característica de la persona
que le ponen en riesgo de desarrollar un trastorno determinado. “Prevalencia”
es la proporción de adultos que al mismo tiempo y en el mismo momento de sus
vidas, cumplen con los criterios para el trastorno. Con respecto a la
definición de cada trastorno sexual, la iré anotando entre paréntesis la
primera vez que aparezca el término, tratando de dar una definición que coincida
con ambos tipos de manuales y sus diferentes versiones. Debo aclarar que, en
general no estoy de acuerdo con dichas definiciones porque parten o reproducen
la idea de que ciertas identidades y prácticas son de por sí patológicas.
LAS CIE
En
El cambio más notable entre
ambos manuales es la ausencia, en el CIE 10, de la homosexualidad -definida
como lesbianismo y sodomía- debido a que en 1993
Ahora bien, desaparece el
homosexualismo pero emergen la “orientación sexual egodistónica”
(insatisfacción o infelicidad con la orientación propia), el “trastorno de la
maduración sexual” (incertidumbre sobre su identidad de género o su orientación
sexual), los “trastornos múltiples de la preferencia sexual” (varias preferencias
sexuales anormales en una sola persona) y emerge el término “parafilia”
(fantasías, impulsos o comportamientos sexuales que incluyen objetos no
humanos, sufrimiento o humillación propio o de la pareja, y participación de
niños, niñas o personas que no consienten), como una gran categoría de los
“trastornos de la preferencia sexual” que de alguna manera cubren el vacío que
deja la supresión de la homosexualidad. Ya veremos que algo semejante ocurre
con los DSM.
La otra diferencia entre
ambos manuales, cambio que también se observa entre los DSM, es el aumento y la
reclasificación, en la décima revisión, de los llamados trastornos sexuales:
aparecen no sólo dos grandes categorías, en sustitución de la única anterior,
sino también algunos trastornos son recategorizados, tal el caso del
sadomasoquismo, que ya no se corresponde a la subcategoría “otras” sino que
tiene su propio lugar en la lista, ni se interpreta como dos –sadismo y
masoquismo- sino como uno; lo mismo sucede
con el transvestismo que se apellida como de “rol dual”, y el
fetichismo, que deja de estar en “otras” para tener lugar por sí mismo, además
de la combinación de “transvestismo fetichista”. Por otro lado, aparecen
prácticas como el voyeurismo, y en la subcategoría “otros trastornos”, se
incluye la actividad sexual con animales, la
estrangulación durante el orgasmo, el froteurismo (frotarse contra otras
personas en lugares públicos y con fines de satisfacción sexual), la necrofilia
(actividad sexual con cadáveres) y las llamadas telefónicas con contenido sexual.
Estos movimientos por medio
de los cuales surge un nuevo trastorno o uno existente es más especificado o
cambiado de lugar, desvelan lo que Rubin llama la valoración jerárquica de los
actos sexuales, por medio de la cual la psiquiatría construye una sexualidad
enferma y, por contraposición, una sana. Indican también un nivel de
sofisticación, que vemos con mayor dramatismo en los DSM, en la manera de
observar, fichar y conceptuar la sexualidad, que no deja margen al secreto. Comparando,
así sea sólo visualmente, la columna de
Pero detengámonos en algunas
definiciones que los mismos manuales ofrecen. Primero con
“Inclinación
o comportamiento sexual anormal. Los límites y las características normales de
la inclinación y del comportamiento sexuales no han sido establecidos de manera
absoluta en las diferentes sociedades y culturas, pero, en sentido amplio, son
de naturaleza tal que sirven para propósitos sociales y biológicos aprobados.
La actividad sexual de la persona afectada se dirige primariamente ya sea hacia
una persona que no es del sexo opuesto o hacia acciones de carácter sexual no
asociadas normalmente con el coito o hacia el coito efectuado en circunstancias
anormales.”[60]
Aunque esta definición
incluye una consideración del papel de la cultura en la delimitación de lo que
sería normal o no, parte de unos márgenes claros de lo que sería una sexualidad
normal -con propósitos sociales y
biológicos aprobados- más allá de los cuales se está en dominios de la
anormalidad. El carácter funcional de la sexualidad, bastante claro en este
párrafo, es aún frecuente algunos discursos, tanto de quienes tienen posturas
conservadoras como de quienes proponen el derecho a la diversidad incluyendo,
por su puesto, a los manuales de psiquiatría, aunque ahora de manera menos
obvia.
Mientras, la homosexualidad
se describe como una: “Atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia
personas del mismo sexo, con o sin relación física,”[61]
revelando una inclusión, no sólo de la práctica, sino también de los deseos,
que acercan a este manual con la moral católica según la cual tanto los actos
como los deseos pueden ser pecaminosos.
El establecimiento de una
normalidad sexual, que incluye sexo heterosexual, coital y light, -o
vainilla, como diría Rubin-, aparece en las definiciones anteriores. Prestemos
atención a lo que se dice del “trastorno de la identidad psicosexual”, después
de lo cual podemos agregar que dicha normalidad incluye una normatividad
genérica corporal en términos indumentarios y de maneras:
“Comportamiento
que se presenta en preadolescentes de psicosexualidad inmadura, similar al
mostrado en la desviación sexual descrita como travestismo y transexualismo. El
uso de vestidos del sexo opuesto es intermitente aunque puede ser frecuente,
cuando todavía no se ha establecido de manera fija la identificación con la
conducta y la apariencia del sexo opuesto. La forma más común es la del
muchacho afeminado.”[62]
Y aunque la frigidez y la
impotencia no sean ni una identidad ni una práctica sexual, sólo para ampliar
el contexto, y debido a que continúan apareciendo en todos los manuales,
incluyendo los DSM, transcribo su definición.:
“Frigidez:
Disgusto o aversión por el acto sexual, de origen psíquico, de suficiente intensidad
que conduce a evitar activamente el coito normal o a practicarlo con marcada
ansiedad, malestar o dolor. (...) Impotencia: Continua incapacidad debida a
causas psicológicas, para mantener una erección que permita llegar a la
penetración heterosexual normal y a la eyaculación.”[63]
En tales enunciaciones,
además de notar que el disgusto por el sexo no se concibe en hombres (sólo las
mujeres son frígidas), se advierte que no basta con ser heterosexual, sino que
se debe tener actividad sexual que necesariamente incluya coito. Esto es, la
psiquiatría no se limita a regular los deseos o actos “desviados”, incluye la
normalización de la heterosexualidad en su versión más básica: el coito entre
un hombre y una mujer.
Ahora centrémonos en algunas
construcciones de
Como
“El
paciente sufre incertidumbre con respecto a su identidad de género o a su
orientación sexual, lo cual le produce angustia y depresión. Esto ocurre más
frecuentemente en adolescentes que no están seguros de tener orientación homosexual,
heterosexual o bisexual, o en personas que después de un periodo de orientación
sexual aparentemente estable, a menudo con relaciones de lapsos de larga
duración, encuentran que su orientación sexual está cambiando.”[65]
Pero donde más claramente
puede advertirse esto es en la invención de la orientación sexual egodistónica,
descrita como aquella en la que:
“No
existen dudas sobre la identidad de género o la preferencia sexual
(heterosexual, homosexual, bisexual, prepuberal o indefinida), pero el paciente
desea que esto sea diferente por los trastornos psicológicos y del
comportamiento asociados, y puede solicitar tratamiento para cambiarlas.”[66]
Si ya no es una enfermedad,
la homosexualidad no puede ser tratada médicamente, pues ha dejado de ser una
desviación. Entonces, ahora el problema es aquel homosexual que tiene
dificultades para vivir con su identidad sexual. Porque aunque la guía hable en
sentido general de las preferencias sexuales, y no de la preferencia
homosexual, resulta debatible que alguien entre en crisis o solicite
tratamiento por ser heterosexual.
Cuadro
N°1
Trastornos sexuales relacionados con identidades y prácticas sexuales
incluidos en los CIE 9 y 10[67] de
|
CIE-9 (1975)[68] |
CIE-10 (1992)[69] |
|
Desviaciones y trastornos sexuales: Homosexualidad (lesbianismo y sodomía) Bestialidad Pedofilia Travestismo Exhibicionismo Transexualismo Trastorno de la identidad psicosexual Otras (fetichismo, masoquismo, sadismo) Sin especificación
|
Trastornos de la identidad de género: Transexualismo Transvestismo de rol dual Trastorno
de la identidad de género en la niñez Otros trastornos de la identidad de género Trastorno de la identidad de género no especificado Trastornos de la preferencia sexual:
(incluye parafilias) Fetichismo Transvestismo
fetichista Exhibicionismo Voyeurismo Pedofilia Sadomasoquismo Trastornos múltiples de la preferencia sexual Otros trastornos de la preferencia sexual (llamadas telefónicas
obscenas, actividad sexual con animales, estrangulación para la excitación,
froteurismo, necrofilia) Trastorno de la preferencia sexual, no especificado Trastornos psicológicos y del comportamiento asociados con el
desarrollo y con la orientación sexuales Trastorno de la maduración sexual Orientación sexual egodistónica Trastorno de la relación sexual Otros trastornos del desarrollo psicosexual Trastorno del desarrollo psicosexual, no especificado
|
LOS DSM[70]
Aunque me fue imposible localizar el DSM-II, que en
una de sus versiones publica el razonamiento con que
“Se ha discutido mucho sobre si la
homosexualidad en sí misma puede clasificarse o no como un trastorno mental. En
diciembre de 1973, el Comité de Expertos de
Según mi criterio, un aspecto que despunta en el
razonamiento anterior es el hecho de que la homosexualidad no fuera eliminada
sin más, sin colocar nada en su lugar.
Ahí
mismo se aclara que si bien en el DSM-II la homosexualidad contaba dentro de
las desviaciones sexuales, en el III la homosexualidad egodistónica no forma
parte de esa categoría. Distinción con la que probablemente se desee destacar,
según creo sin éxito, que no se está patologizando el hecho de ser homosexual
egodistónico .
Ahora
vamos con las cuatro versiones del DSM que aparecen en el cuadro 2[72]: el
III, publicado en 1980, el III Revisado, de 1987, el IV, 1994 y el IV Texto
Revisado, del 2000 hasta la fecha.
El
DSM-III ubica las identidades y prácticas en cinco clases: “trastornos de la
identidad sexual”, “parafilias”, “parafilias atípicas” –dentro de éstas la
coprofilia (excitación sexual asociada a las heces), frotación, clismafilia
(excitación sexual relacionada con los enemas), misofilia (placer sexual
asociado con la suciedad), necrofilia, escatología telefónica (llamadas
telefónicas con contenido sexual), y urofilia (excitación sexual relacionada
con la orina)- “otros trastornos psicosexuales” y “trastornos psicosexuales no
clasificados”, mientras la versión revisada las ordena según cuatro categorías
que varían un poco: “parafilias”, “parafilias no especificadas” –en vez de
parafilias atípicas-, “trastornos sexuales no especificados” –en vez de
trastornos psicosexuales no clasificados-,
y “otros trastornos psicosexuales”.
En el
DSM-IV las categorías disminuyen hasta quedar sólo tres: “parafilias”,
“parafilias no especificadas” y “trastorno de la identidad sexual no
especificado”. También incluye las disfunciones sexuales (deseo sexual
inhibido, excitación sexual inhibida, orgasmo femenino inhibido, orgasmo
masculino inhibido, etc.) Estas disfunciones aparecen, más o menos detalladas,
en los otros manuales revisados.
El
DSM-IV-TR conserva la misma clasificación del IV.
Como
vemos, el paso de cinco a tres tipos no excluyó ninguna de las clases que se
refieren a las parafilias.
Mientras tanto, n
otemos los detalles de
cada una de las identidades y prácticas, y sus cambios, en estas versiones del
DSM.
El
rasgo distintivo del DSM-III es la aparición de la homosexualidad egodistónica
como sustituta de la recién eliminada homosexualidad. Lo enfermo no es ya ser
homosexual, sino no ser feliz con ello.
Ya en el III-R
desaparece la homosexualidad egodistónica, también la misofilia, al tiempo que
hace su aparición la tipología “trastornos sexuales” como el calificativo que
engloba todas las categorías. Aparecen además el fetichismo, especificado como
transvestista, y el parcialismo (interés sexual sólo en una parte del cuerpo),
como prácticas sexuales no incluidas antes.
Los
cambios que veremos después de eso será la inclusión, en el DSM-IV, del
“trastorno sexual no especificado” (ausencia de pensamientos eróticos, etc.),
“trastorno de la identidad sexual no especificado” (comportamiento
transvestista transitorio relacionado con el estrés, etc.), “trastorno sexual
no especificado” (sentimiento de inadecuación respecto a actitud sexual, etc.)
El DSM en su versión revisada, se mantendrá igual que su antecesora.
Con
respecto a las definiciones del DSM-III, leamos las precisiones de los cuatro
grupos que integran los denominados “trastornos psicosexuales”:
“Los trastornos de la identidad sexual se caracterizan
porque el individuo tiene sentimientos de malestar e inadecuación sobre su sexo
anatómico, así como por conductas persistentes, generalmente asociadas con el
sexo contrario. Las parafilias se caracterizan por la excitación sexual como
respuesta a objetos o situaciones sexuales que no forman parte de los estímulos
normativos y que, en diversos grados, pueden interferir con la capacidad para
una actividad sexual afectiva recíproca. Las disfunciones psicosexuales se
caracterizan por inhibiciones del deseo sexual o por cambios psicofisiológicos
que afectan al ciclo de la respuesta sexual. Finalmente, existe una clase
residual de alteraciones psicosexuales, con dos categorías: la homosexualidad egodistónica
y una categoría residual final, que se denomina con el nombre de trastornos
psicosexuales no clasificados en otros apartados.”[73]
De la
definición de los “trastornos de la identidad sexual” puede repararse en al
menos los siguientes elementos. La idea de que existen únicamente dos sexos que
se corresponden con dos géneros o maneras de conducirse. Esta suposición es
posible gracias a lo que Rubin denominó como escencialismo sexual, valga decir,
una naturalización de la sexualidad mediante la cual la existencia de los
hombres y de las mujeres –o si se prefiere de los machos y de las hembras- se
toma como dato biológico que, también biológicamente aunque dándole un lugar al
papel de la cultura, tiene su contraparte en la feminidad y la masculinidad. Este
axioma es más notable en la definición de “identidad sexual” que presentaré en
unos cuantos párrafos.
La
aceptación de que sólo ciertos objetos y situaciones pueden ser motivo de
excitación sexual y el supuesto de que si objetos o situaciones “indebidas”
producen excitación sexual, esto puede causar daño de algún tipo, es el tipo de
razonamientos al que probablemente se refería Rubin cuando hablaba de los
axiomas del dominó del peligro sexual, que parte de la necesidad de establecer
límites entre la sexualidad sana y la anormal, y de la negatividad sexual, que
incluye la idea de que el sexo es algo peligroso.
Finalmente,
la creencia de que toda actividad sexual debe ser afectiva parece hablar de
otro axioma que Rubin propone, el de la ausencia de un concepto de variedad
sexual benigna, que lleva, según creo, a tener que “purificar” el sexo mediante
el sentimiento del amor.
Con
respecto a la identidad sexual ésta es definida como:
“ (...) la sensación de conocer a qué sexo se
pertenece, es decir, la conciencia de “ser un hombre” o “ser una mujer”. La
identidad sexual es la experiencia privada del papel sexual y éste es la
expresión pública de la identidad sexual. El papel sexual puede ser definido
como todo lo que uno dice y hace, incluyendo la excitación sexual, para indicar
a los otros o a uno mismo el grado en el que se es macho o hembra.”[74]
Del
transexualismo se dice que estas personas sienten que sus genitales son
repugnantes, que a veces pueden parecer indistinguibles de las mujeres pero
que, “para el observador atento”, la mayoría de transexuales hombres y mujeres
son reconocibles en su sexo anatómico, que hay tres tipos de transexuales: los
asexuales, homosexuales y heterosexuales y que “Sin tratamiento, el curso de
los tres tipos es crónico y sin remisiones.”[75] Como factores
predisponentes se incluyen: “Una femineidad patente durante la infancia en el
niño, o una masculinización en la niña aumenta la posibilidad de
transexualismo.”[76]
Del
Trastorno de la identidad sexual en la infancia se asegura que:
“No se trata solamente del rechazo de la conducta
sexual estereotipada de por ejemplo las niñas marimachos o de los niños
afeminados, sino de una alteración profunda del sentido normal de masculinidad
o femineidad. Las niñas que presentan este trastorno tienen por lo regular
grupos de amistades masculinas, presentan un gran interés por los deportes y
los juegos violentos y falta de interés por los juegos con muñecas o en los
juegos “domésticos” (a no ser que se trate de representar el papel de padre u
otro papel masculino). (...) Los niños que presentan esta alteración se
encuentran invariablemente preocupados por actividades estereotipadamente
femeninas. (...) Estos niños tienen a menudo un deseo compulsivo de participar
en los juegos y pasatiempos de las niñas. Las muñecas suelen ser el juguete
favorito y las niñas son regularmente el compañero de juegos preferido. Cuando
juegan a “papás y mamás” tienden a adoptar típicamente el papel de mujer. Por
lo general, evitan los juegos deportivos o violentos.”[77]
Quizá en la
definición anterior sea donde más claramente aparecen algunos de los supuestos
de la psiquiatría con respecto a la sexualidad y al género. No podemos negar
que en varias partes de los manuales se hace mención, de diferentes formas, a
la importancia de la cultura en dichos aspectos, sin embargo, esto parece ser
un discurso que no se actúa, pues es obvio que parten de una idea del género
como si de algo natural, o biológico, se tratara. ¿Qué otra cosa es sino su
“sentido normal de masculinidad o femineidad”, asumir que no es normal que una
niña juegue con niños y guste de los deportes, o que un niño prefiera la
compañía de niñas y no experimente con juegos deportivos? Tales nociones
contribuyen en la reproducción de estereotipos ortodoxos que, entre otras
cosas, construyen una división entre las personas y los lugares, doméstico y
público, que pueden habitar.
Para
profundizar un poco más en lo anterior, tenemos los detalles que el mismo
documento da de los factores predisponentes de dicho trastorno, entre los
cuales está una relación:
“(...) excesivamente estrecha, intensa,
desorbitada y prolongada entre el niño y la madre y la ausencia relativa del
padre durante los primeros años de la vida (...) Las hembras que después
presentan este trastorno tienen madres que aparentemente no estaban disponibles
psicológica o físicamente en las primeras edades (...)”[78]
Finalmente,
señalar que el nombre de este trastorno, más las descripciones que se hacen de
él, pueden querer indicar que se logra “corregir” si se hace a tiempo. O sea,
que la formulación de este trastorno tendría como uno de sus propósitos poner
sobre aviso a las madres, los padres o personas adultas que rodean a los niños
y las niñas para que “noten” y actúen, en caso de ser necesario, sobre este
“problema”.
Dediquémonos ahora a las denominadas parafilias:
“Los trastornos de esta subclase se definen por el
hecho de que la imaginación o los actos inusuales o extravagantes son
necesarios para la excitación sexual. (...) En otras clasificaciones estos
trastornos se conocen con el nombre de desviaciones sexuales. El término
parafilia es preferible porque subraya correctamente que la desviación (para)
se encuentra en aquello por lo que el individuo se siente atraído (filia).”[79] (281.
paréntesis original)
Agregan que lo frecuente es que la pareja no esté de acuerdo con estos
actos parafílicos, que en esos casos las parafilias pueden tener significación
legal y que:
“Los individuos que presentan estas alteraciones
tienden a no considerarse a sí mismos como enfermos y, por lo general, acuden a
profesionales de la salud mental sólo cuando su conducta les ha llevado a
conflictos con la sociedad.”[80]
Una de las líneas que divide lo normal de lo anormal está trazada:
aquellos actos que sean infrecuentes o raros indican una zona de peligro
sexual. Aunque es probable que el verdadero criterio no sea cuantitativo, sino
que éste sea una consecuencia. Es decir, si alguna práctica ha sido construida
como inadecuada, se puede asumir que es infrecuente. Por ejemplo, es posible
que aunque el bestialismo fuera practicado por mayorías, ello no bastaría para
integrarlo dentro de la normalidad.
También llama la atención que, a diferencia de la homosexualidad
egodistónica, en las parafilias no se trata tanto de que las personas se
sienten bien o mal con lo que hacen, más bien, el no sentirse mal es una
característica más del trastorno. Finalmente, anotar otra característica
descrita, la mayoría de parejas no está de acuerdo con los actos parafílicos,
pero podemos suponer que de estarlo, no importaría. Entonces ya no tendríamos a
un parafílico sino a dos.
En sintomatología asociada vuelven a repetir que estas personas suelen
afirmar que su conducta no les trae dificultades, sino que su problema es la
reacción de los demás.[81] Agregan
que la mayoría de parafilias se da en hombres, aspecto que se observa también,
como veremos en la versión final de esta investigación, en la lectura de
expedientes.
Con respecto a otras parafilias debemos distinguir que su construcción
incluye al menos un aspecto en común: que son generalmente crónicas, dicho de
otra forma, que no se curan y que quienes “padecen” dichos trastornos
difícilmente los pueden controlar.
Así es, del fetichismo se afirma que si está establecido es crónico.[82] Lo
mismo de la zoofilia, y de la pedofilia en cuyo caso afirman que, a pesar de
tener un curso desconocido, cuando se trata de pedofilia homosexual se hace
crónica. Agregan que los pedófilos homosexuales son detenidos el doble de veces
que los pedófilos heterosexuales,[83] aunque
sin ofrecer datos que lo confirmen. Si fuera cierto para algunos países, habría
que ver qué querría decir eso, ¿que los homosexuales son más difíciles de curar
y por ello más reincidentes, que existe tolerancia social hacia los
heterosexuales?
Al travestismo lo definen como el “Varón heterosexual que se viste
repetida y persistentemente con ropas del sexo opuesto.”[84]
Del Voyerismo también se afirma que tiende a ser crónico pero además,
en el diagnóstico diferencial, se afirma que: “La actividad sexual normal a
menudo incluye la obtención de excitación sexual al observar la desnudez (...).
Sin embargo, esto no ocurre con una pareja inadvertida y además sólo suele ser
un preludio para una actividad sexual posterior.”[85]
Con lo cual se establece, no sólo lo que es una actividad sexual
normal, sino lo que es una actividad sexual propiamente.[86]
También el masoquismo y el sadismo sexual se definen como crónicos e
incontrolables[87] y
su caracterización no considera la voluntad de quien hace o se deja hacer como
signo que pudiera despatologizar. En el primer caso, dicen que puede ser
diagnosticado a partir de un sólo acto masoquista, siendo uno de los criterios
diagnósticos: “El modo preferido de producir excitación sexual es el hecho de
ser humillado (...)”[88] ¿Cómo
alguien puede ser humillado voluntariamente? ¿Desde qué lugar de poder están
hablando los psiquiatras de modo que el hecho de la propia volunta no cuenta?
Pero tomemos un pormenor de cómo se construye el sadismo:
“(...) debido a un aumento en la necesidad o una
disminución en la capacidad de control, aumentan la gravedad de los actos
sádicos a medida que pasa el tiempo o durante periodos de estrés. Cuando el
trastorno es grave estos individuos pueden violar, torturar o matar a sus
víctimas.”[89]
El axioma de la negatividad sexual, que Rubin describe como aquel que
asume lo sexual como algo malo, peligroso e incontenible, es evidente en la
cita anterior. El sádico pasa a ser, por obra de una necesidad, no sabemos si
instintiva, y de una dificultad de autocontrol, un criminal. Aunque más
adelante aclaren que no puede inferirse que todos o la mayoría de violadores
son sádicos sexuales, pareciera que la contigüidad entre el crimen y el
trastorno se manifiesta. Así, un trastornado puede ser un criminal, habría que
ver si un criminal puede ser un trastornado.
Pasemos a la categoría que, a mi juicio, presenta más dificultades en
su análisis debido a la consideración categórica del papel cultural, me refiero
a la homosexualidad egodistónica, descrita de la siguiente manera:
“El rasgo esencial es el deseo de adquirir o
aumentar la excitación heterosexual, de tal forma que puedan iniciarse o
mantenerse relaciones heterosexuales y, al mismo tiempo, una pauta mantenida de
excitación homosexual clara, que el individuo manifiesta explícitamente como no
querida y que es causa persistente de malestar.”[90]
Enseguida se aclara que no debe ubicarse en dicha categoría a personas
que sólo temporalmente desean cambiar debido a dificultades para adaptarse a su
condición. Y que hay pruebas de que con el tiempo y la presencia de una
subcultura homosexual, estas personas se aceptan, al punto que es raro que se
vuelvan heterosexuales. Sobre su
tratamiento aseguran: “El grado en el cual la terapéutica es capaz de
disminuir la excitación homosexual, aumentar la heterosexual o ayudar a los
homosexuales a quedar satisfechos con su sexualidad, es tema de controversia.”[91]
Es el apartado sobre factores predisponentes el que más contradicción
presenta pues en éste se da un papel protagónico a la cultura:
“Puesto que la homosexualidad en sí misma no se
considera una enfermedad mental, los factores que predisponen a la
homosexualidad no se incluyen en esta sección. Los factores que predisponen a
la homosexualidad egodistónica son aquellas actitudes sociales negativas hacia
la homosexualidad que han sido internalizadas. Además, los rasgos asociados con
la heterosexualidad, tales como el tener hijos y una vida familiar aprobada
socialmente, pueden ser considerados como deseables e incompatibles con una pauta
de excitación homosexual.”[92]
Unido a ello, se aclara que la homosexualidad egodistónica no es un
trastorno mental.[93] Y que
no debe tomarse como tal: “el posible malestar derivado del conflicto entre el
homosexual y la sociedad”[94]
La caracterización de la homosexualidad egodistónica, según creo, es
la más políticamente correcta de todas las definiciones del DSM, debido quizá
al hecho de que se corresponde con un tema delicado y fresco en la mente de los
psiquiatras: la discusión de si la homosexualidad es o no una enfermedad. Sin
embargo, las citas anteriores revelan una contradicción y ambigüedad: por un lado se reconoce la relación estrecha
entre la homosexualidad egodistónica y el rechazo cultural al homosexual, y por
otro se dice que aquélla no es el malestar producido por dicho rechazo,
probablemente porque se espera que el homosexual se adapte en un tiempo dado a
dicha dificultad. Si la homosexualidad egodistónica no es un trastorno, ni es
un malestar producto de la discriminación social entonces, ¿qué es?
Ya para terminar con este versión del DSM, señalar que en “trastornos
psicosexuales no clasificados en otros apartados” se incluye, entre otro, la
confusión respecto a la orientación sexual favorita, la ninfomanía y el
donjuanismo.[95]
Con ello se señala la anormalidad de no saber o decidir si se tendrá sexo con
hombres o con mujeres, y lo incorrecto de mantener una “excesiva” atención en
el sexo (recordemos que, por otro lado, no prestar suficiente atención al sexo
también es patológico).
Pasemos enseguida con las definiciones del DSM-III-R. En general, esta
versión no varía mucho sus enunciados con respecto a los trastornos sexuales,
tal el caso de las parafilias,[96] de la
insistencia en que los pedófilos homosexuales son el doble que los
heterosexuales y de la cronicidad de estos trastornos[97], por lo
que me limitaré a señalar específicamente las diferencias entre uno y otro
manual. La primera de ellas es que, en su versión revisada, viene en el acápite
de sintomatología asociada una advertencia que no estaba en la versión III:
“El individuo con una o más parafilias está
selectivamente atento a ellas y busca la imagen parafílica específica. Así, el
individuo puede seleccionar su profesión o incluso buscarse un hobby que le
ponga en contacto con los estímulos deseados (por ejemplo, vender zapatos o
ropa interior femenina en el fetichismo, trabajar con niños en la pedofilia o
conducir una ambulancia en el sadismo sexual). Selectivamente, el individuo
puede contemplar, leer, comprar o coleccionar fotografías, filmes y
descripciones centradas en el tipo preferido de estímulo parafílico. El
estímulo preferido, incluso dentro de una parafilia particular, puede ser
altamente específico, como por ejemplo un niño rubio de diez años de edad, de
complexión ligera y delgado. La gente que no encuentra un compañero que
consienta en estas fantasías debe buscar los servicios de prostitutas o de
otros individuos que procuran servicios relacionados con la parafilia.
(“dominación y sumisión” o “lecciones de trasformismo”) o puede llevar a cabo
sus fantasías con víctimas involuntarias.”[98]
Con las advertencias de que los parafílicos pueden buscar actividades
lúdicas y laborales para satisfacer su deseo y que pueden consumarlo forzando o
pagando a otras personas, la psiquiatría reafirma la criminalización que hace
de estos deseos, de sus prácticas y de quiénes les llevan a cabo.
Otra diferencia es que en el DSM-III se afirma que la prevalencia de
las parafilias es rara, pero en su versión revisada lo corrigen:
“Estos trastornos casi nunca se diagnostican en las
instituciones clínicas generales. Sin embargo, a juzgar por el gran mercado
comercial de la pornografía parafílica, así como de la parafernalia asociada
con ella, la prevalencia de estos trastornos en la comunidad se supone que debe
ser mucho más alta que el que indican las estadísticas de las instituciones
clínicas. Debido a la naturaleza altamente repetitiva de la conducta parafílica
existe un gran porcentaje de población que puede haber sido víctima de los
individuos que padecen parafilias.”[99]
Finalmente, y con respecto al fetichismo transvestista, se describe
como la necesidad sexual de vestirse con ropas del sexo contrario, masturbarse
e imaginar que otros hombres gustan de él como si fuera mujer y que el
trastorno ha sido descrito solo en hombres heterosexuales.[100]
Además, se establece el período de 6 meses de síntomas como uno de los
criterios para el diagnóstico.
Revisemos
ahora el DSM-IV. Esta nuevo número conserva muchísimas similitudes con el
precedente, incluyendo la idea de que los parafílicos buscan sus diversiones y
trabajos dependiendo de su parafilia, y que los pedófilos homosexuales son el
doble que los pedófilos heterosexuales. Pero agregan un nuevo apartado,
denominado hallazgos de laboratorio, en el cual, con respecto a las parafilias
anotan:
“La pletismografía peneana se ha usado en los
centros de investigación para la evaluación de los diferentes tipos de
parafilia; con ella se intenta una medición de la excitación sexual del
individuo en respuesta a estímulos visuales y auditivos. La fiabilidad y la
validez de este procedimiento en la práctica no han sido del todo establecidas,
y la experiencia clínica sugiere que los individuos pueden simular la respuesta
mediante la manipulación de imágenes mentales.”[101]
Otro apartado nuevo que presenta este manual es el de síntomas
dependientes de la cultura, la edad y el sexo, que para el caso de las
parafilias advierte que su diagnóstico, considerando las diferentes culturas y
religiones, es dificultoso porque la idea de desviación no es uniforme. Agregan
que salvo el masoquismo sexual, en el que predominan los diagnósticos en
mujeres, las otras parafilias son exclusivamente prácticas de hombres.[102]
En la
caracterización de la nueva categoría, trastornos de la identidad sexual, se
afirma que la persona tiene que presentar una identificación persistente con el
otro sexo y que incluye deseo de ser o creer que se es del otro sexo:
“Esta identificación con el otro sexo no es
únicamente el deseo de obtener las supuestas ventajas relacionadas con las
costumbres culturales. Deben existir también pruebas de malestar persistente
por el sexo asignado o un sentido de inadecuación en el papel de su sexo. (...)
En los niños, el hecho de identificarse con el otro sexo se manifiesta por una
marcada preocupación por las actividades femeninas tradicionales; pueden
preferir vestirse con ropa de niña o mujer, pueden confeccionarla ellos mismos
a partir de material disponible, cuando no poseen ropa femenina. A menudo se
usan toallas, delantales, pañuelos de cuello para representar faldas o vestidos
largos. Existe una atracción fuerte hacia los juegos y los pasatiempos típicos
de las niñas. Les gusta especialmente jugar a papá y mamá, dibujar chicas y
princesas bonitas, y mirar la televisión o los vídeos de sus ídolos femeninos
favoritos. A menudo, sus juguetes son las muñecas (como Barbie), y las niñas
constituyen sus compañeros. (...) Evitan los juegos violentos, los deportes
competitivos y muestran escaso interés por los coches, camiones u otros
juguetes no violentos, pero típicos de niños. (...) Las niñas con trastornos de
la identidad sexual muestran reacciones negativas intensas hacia los intentos
por parte de los padres de ponerles ropa femenina o cualquier otra prenda de
mujer. (...) Prefieren la ropa de niño y el pelo corto; a menudo la gente
desconocida les confunde con niños, y piden que se les llame por un nombre de
niño. Sus héroes de fantasía son muy a menudo personajes masculinos fuertes,
como Batman o Superman.”[103]
Los ejemplos que se dan en este manual, para ejemplificar los
trastornos de la identidad sexual, no parecen distanciarse mucho del sentido
común desde el cual se establece cómo son las mujeres y cómo son los hombres.
Al argumentar cómo estas personas suelen ser discriminadas por la
sociedad, señalan como posibles consecuencias de ello, el que algunos se
dediquen a la prostitución con el consabido riesgo de ser contagiados con el
virus de la inmunodeficiencia humana (VIH)[104],
reforzando con ello la relación entre algunos trastornos sexuales y la
delictividad, agregándole un integrante más, el sida, construido por la cultura
contemporánea como la enfermedad sexual por excelencia.
La
psiquiatría en vez de cuestionar los estereotipos y mitos que esa cultura
discriminadora produce, los acepta como naturales. Esto es, por ejemplo, asumir
veladamente la legitimidad de un papel sexual diferenciado para hombres y otro
para mujeres. Porque aunque en el
diagnóstico diferenciado anoten que “Al comportamiento de los niños que no se
corresponde con el estereotipo cultural de masculinidad o femineidad no debe
asignársele el diagnóstico de este trastorno a no ser que se dé todo el
síndrome, con malestar y deterioro,”[105] es difícil pensar que
una niña o un niño disconforme con el papel de género no cumpla con los otros
criterios, incluyendo el malestar.
Nótese, además, el parecido que tiene esta descripción de trastornos
de la identidad sexual, con la que se hace en el DSM-III para el trastorno de
la identidad sexual en la infancia, que en el DSM-III-R desaparece, para
emerger en el IV de manera ampliada: ahora no son sólo las niñas y los niños
quienes pueden tener un trastorno de este tipo, también las personas adultas.
Según mi opinión, ampliar este trastorno a cualquier edad le permite a la psiquiatría
continuar patologizando deseos, actitudes y prácticas largamente asociadas a gays
y lesbianas, pero ahora con otros nombres. No deja de ser indicativo de ello,
además, el señalamiento que hacen de que tres cuartas partes de los niños con
historia de este trastorno afirman ser homosexuales o bisexuales.[106] Con
esto no quiero dar a entender que la psiquiatría sexual se ocupe solamente de
lesbianas, bisexuales y gays, como vimos antes, sin duda regula también
la vida sexual de las personas que se asumen como heterosexuales.
Finalmente, echemos un vistazo al DSM-IV-TR. Aunque esta
versión es muy semejante a la anterior, también tiene algunas diferencias,
entre las cuales resaltan, por ejemplo, que en esta versión revisada se define
lo que se entiende por identidad sexual (autopercepción como mujer o como
hombre), disforia sexual (malestar con el sexo asignado) y orientación sexual
(atracción erótica hacia mujeres, hombres o ambos)[107]
También se incluye una nota, relacionada con el trastorno sexual no especificado,
que advierte las diferencias culturales de lo que puede ser considerado
desviado, función sexual y papel sexual, a pesar de lo cual, el mismo manual
parece partir de un criterio universal que no incluye la especificidad de las
culturas. Pienso que su atención en lo cultural es un comentario que no se
traduce en las categorías y los análisis que de ellas se hacen.
En lo demás, esta versión conserva lo que he comentado arriba para el
DSM IV.
Trastornos sexuales
relacionados con identidades y prácticas sexuales incluidos en los DSM III,
III-R, IV y IV-TR de
|
DSM-III (1980)[108] |
DSM-III-R (1987)[109]
|
|
Trastornos de la identidad sexual:
Transexualismo Trastorno de la identidad sexual en la infancia Trastorno de la identidad
sexual atípico Parafilias: Fetichismo Travestismo Zoofilia Pedofilia Exhibicionismo Voyerismo Masoquismo sexual Sadismo sexual Parafilias atípicas: (coprofilia, frotación,
clismafilia, misofilia, necrofilia, escatología telefónica, urofilia) Otros trastornos psicosexuales:
homosexualidad egodistónica Trastornos psicosexuales no clasificados: (confusión respecto a la orientación sexual preferida, donjuanismo, ninfomanía, etc.)
|
Trastornos sexuales: parafilias: Exhibicionismo Fetichismo Frotteurismo Pedofilia Masoquismo sexual Sadismo sexual Fetichismo transvestista Voyeurismo Parafilias no especificadas: (escatología
telefónica, necrofilia, parcialismo, zoofilia, coprofilia, klismafilia,
urofilia) Otros trastornos sexuales: Trastornos sexuales no especificados:
(sentimientos de inadecuación con el cuerpo, malestar con la propia
orientación sexual, etc.)
|
|
DSM-IV (1994)[110] |
DSM-IV-TR (2000)[111]
|
|
Trastornos sexuales: Parafilias:
Exhibicionismo Fetichismo Frotteurismo Pedofilia Masoquismo sexual Sadismo sexual Fetichismo transvestista Voyeurismo Parafilias
no especificadas: (escatología telefónica, necrofilia,
parcialismo, zoofilia, coprofilia, clismafilia, urofilia) Trastornos de la identidad sexual: Trastorno de la identidad sexual Trastorno de la identidad sexual no especificado Trastorno sexual no especificado Trastorno sexual no especificado
|
Trastornos sexuales: Parafilias: Exhibicionismo Fetichismo Frotteurismo Pedofilia Masoquismo sexual Sadismo sexual Fetichismo transvestista Voyeurismo Parafilias
no especificadas: (escatología telefónica, necrofilia, parcialismo, zoofilia,
coprofilia, clismafilia, urofilia) Trastornos de la identidad sexual: Trastorno de la identidad
sexual Trastorno de la identidad
sexual no especificado Trastorno sexual no especificado
|
A manera de conclusiones y según el objetivo de
este avance, desarrollo en este espacio algunas representaciones de la
sexualidad presentes en el discurso psiquiátrico, específicamente en los
documentos Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de
Antes de empezar, sólo para poner en contexto algo que pudiera parecer
una contradicción, deseo mencionar el hecho de que la psiquiatría se dedica a
enfermedades o trastornos cuya causa (¿y curación?) es, en general, desconocida.[112]
Vayamos enseguida con las conclusiones de este
trabajo. La primera es que los manuales o guías de clasificación de trastornos
mentales, aún sabiendo que son producto de investigaciones y experiencias
profesionales con carácter científico, reflejan también la forma de interpretar
el mundo, los valores, prejuicios y mitos de quienes los escriben. Estos
documentos no son neutrales, de ninguna manera, sino que se corresponden a
ciertas representaciones de lo que es y lo que no es una sexualidad normal o saludable.
Presentan, por tanto, una manera de ver el mundo desde un lugar de poder
simbólico que facilita la aceptación y naturalización de dichos discursos.
La segunda, es que existe una relación entre la
psiquiatría e instituciones religiosas, educativas y legales, que incluye,
aunque no solamente, ciertas coincidencias.
La tercera, es que la
psiquiatría, a pesar de mostrar cierta flexibilidad moral al descartar a la
homosexualidad como trastorno y al mencionar con cierta insistencia a la
cultura, ha venido teniendo una actitud cada vez más rígida, dada sobre todo en
la construcción de parafilias, con respecto a la sexualidad, en el sentido de
lo que se puede ser y hacer, cuándo, cómo y con quién serlo o hacerlo.
El cuarto, es que cuando la psiquiatría se desdijo,
aclarando que la homosexualidad no era un trastorno, continuó actuando dicho
principio al crear la figura del homosexual egodistónico y al clasificar
sentimientos y prácticas asociadas desde el sentido común con la
homosexualidad.
El último argumento es que, a partir de las
condiciones anteriores, la psiquiatría ha contribuido con la producción y
reproducción de un orden sexual donde la diversidad sexual es señalada como
patológica[113]
y en el cual se imponte un sexo básicamente heterosexual, afectivo y
reproductor.
Para empezar, quisiera recordar la afirmación
de van Dijk en el sentido de que la gente usa el lenguaje desde el lugar que le
otorga ser integrante de determinadas profesiones, comunidades y diversas
categorías sociales que se combinan complejamente entre sí y con marcos
institucionales, públicos, privados, etc.[114]
Todo esto dentro de un contexto en el cual: “(...) las personas adaptan lo que
dicen –cómo lo dicen y cómo interpretan lo que otros dicen- a algunos de sus
roles e identidades, y a los papeles de otros participantes.”[115]
La construcción de discursos, en el caso de los
manuales psiquiátricos, está a cargo de quienes integran el comité elaborador
de los manuales, y dentro de éste por los diferentes grupos de trabajo (en el
caso de los DSM), y por los participantes en
Habría que preguntarse cómo la psiquiatría establece los datos
clínicos que le permiten llegar a las conclusiones a las que llega[118].
Otro aspecto al que deseo referirme, aunque de manera breve, es la
existencia de una relación, no exenta de contradicciones, entre las
representaciones alrededor de la sexualidad presentes en la psiquiatría, el
sistema educativo, la moral católica (y en general las religiones), algunas
agrupaciones por la diversidad sexual, y la legislación del país.[119]
En términos
generales, dichas instituciones comparten una representación del sexo que niega
legitimidad a la diversidad, al tiempo que reconoce simbólicamente un lugar a
identidades, deseos y prácticas tradicionales.
Con
La preocupación por el sexo obvia en los manuales, también está
presente en algunos agrupaciones civiles que reivindican el derecho a la
diversidad y en algunas políticas educativas, sólo que en el caso de estos
últimos, y por diferentes motivos, como una necesidad de educar en lo que más o
menos se ha llamado una sexualidad saludable. Detrás del deseo de educar, puede
estar una necesidad de regular la sexualidad.
En síntesis, y dado que algunas prácticas sexuales en psiquiatría son
trastornos, en el Código Penal, contravenciones, en el Catecismo, pecado, y en
el MEP, desviaciones, surge la pregunta
de qué es una persona fetichista, masoquista,
travestida, exhibicionista o pedófila, etc. ¿Es loca? ¿Pecadora? ¿Delincuente?
¿Desviada social?
El aumento en el número de trastornos sexuales, así como los cambios
en los criterios diagnósticos, las definiciones, el lugar de ubicación, la
creación de subcategorías, etc. que puede observarse en los manuales de
Sugiero que la
disminución
en el número de categorías, le ha permitido a la psiquiatría convertir casi
todo comportamiento sexual, incluido en su lista, en una parafilia. La
parafilia, a final de cuentas, no es más que sinónimo de desviación o
perversión sexual, definición flexible y arbitraria, suficientemente amplia
como para contener casi cualquier cosa que no sea popular cultural o
médicamente. El exhibicionismo, el fetichismo,
el frotteurismo, la pedofilia o el masoquismo sexual, nos demuestran que, al
ubicar alguna identidad o práctica como parafilia, se está estableciendo, como
dice Weeks citando a Plummer las “restricciones de quién” y las “restricciones de cómo”
se debe tener sexo: con quién, dónde, con qué y cómo se lo puede hacer. El uso
de la categoría parafilia permite a la psiquiatría mantener en la anormalidad,
en la ilegitimidad simbólica, todo aquello que se salga de la moral sexual que
respalda. Permite incluso archivar dentro de la anormalidad, no ya a la
homosexualidad con ese nombre, pero sí a muchas de las prácticas largamente
asociadas con ésta. Puede pensarse que la parafilia es un subterfugio útil que
de alguna forma conserva a los homosexuales “en su lugar”.
La
invención de las parafilias[125] le ha permitido a la
psiquiatría, parafraseando a Foucault, reubicar aquello de lo que no se habla
al “orden de las cosas que se contabilizan”. Y en ese acto, hace uso de un
poder que le posibilita segregar o deslegitimar no sólo algunas identidades y
prácticas sexuales sino también a algunas personas.
La
exclusión de la homosexualidad de las listas de enfermedades se vio acompañada
de una mayor jearquización sexual, incluidas las parafilias y, por un periodo,
la homosexualidad egodistónica.
La
homosexualidad egodistónica –así llamada en el DSM-III y sustituida a partir
del DSM-III-R y hasta la fecha por un “trastorno sexual no especificado” que
consiste en un malestar fuerte y
permanente con la orientación sexual propia- o la orientación sexual
egodistónica -en el caso del CIE-10 vigente aún-, significa que algo no marcha
bien, si una persona que elige un objeto amoroso del mismo sexo, no se
encuentra satisfecha y tranquila con ello.
Lo
interesante es que, aunque la psiquiatría sí considera el contexto cultural en
que estas personas viven, por ejemplo cuando incluye como un factor
predisponente las actitudes sociales negativas hacia la homosexualidad, deja
sin nombrar el problema de que la sociedad es incapaz de simbolizar la
homosexualidad como una posibilidad más. Con ello niega el problema que
representa el irrespeto y la intolerancia cultural hacia la diversidad sexual,
y convierte este problema político en uno individual. Con la homosexualidad egodistónica, el homosexual vuelve a ser esa
“especie” de la que habló Foucault.
La psiquiatría tiene la posibilidad de decidir
qué es lo correcto en términos sexuales no sólo para el grupo que representa
sino para la sociedad en general. Uno de los mecanismos que usa para ello es lo
que van Dijk denomina el “cuadrado ideológico”, que consiste en presentar a los
otros en forma negativa y al grupo de pertenencia de manera positiva haciendo,
como dice el escritor, “(...) énfasis en
nuestras buenas acciones y en sus malas cosas (...)”[126]
La disposición sexual tácitamente normalizada en los manuales se corresponde
con lo “bueno”, los sentimientos y actuaciones que se salgan de ahí, serían lo
“malo”.
Estas representaciones se construyen en un
campo de poder, como diría Bordieu, que incluye los hospitales psiquiátricos y
a la profesión. En ese sentido, los manuales son, parafraseando a van Dijk, acciones
de índole política[127]
que buscan justificar un orden sexual, la institucionalidad de los hospitales
psiquiátricos y el ejercicio mismo de la profesión. Se espera que tanto los
psiquiatras como los otros profesionales que participan en el abordaje psiquiátrico,
hablen como representantes que son, para el caso de esta investigación en
particular, de esta institución que se llama el Hospital Nacional Psiquiátrico,
aunque ello no niega las disensiones que también, aunque de manera no oficial y
con carácter más personal, se dan al interior de este centro hospitalario[128].
Este orden psiquiátrico, reproduce,
más o menos, los axiomas del pensamiento sexual descritos por Rubin: toma el
sexo como algo natural, básicamente incontrolable y peligroso, da mucha importancia
al sexo y a las consecuencias que pueda tener, clasifica jerárquicamente el
sexo, promueve como deseable el establecimiento de fronteras entre los deseos y
las prácticas buenas y las malas, y ve en la variedad sexual algo
necesariamente indeseable.
Tanto en
A este discurso sexual se puede aplicar algunos elementos que van Dijk
y otros señalan sobre el discurso y el racismo.[129] Los
autores proponen que los discursos racistas están compuestos al menos por seis
estructuras de las que tomaremos cuatro por ser las más pertinentes para el caso
de los manuales.
La primera estructura son los temas de los cuales se habla cuando se
trata de los “otros”. En el caso de los manuales analizados, ese “otros” está
compuesto por las personas cuyas identidades y prácticas sexuales estén fuera
de la norma. ¿Qué se dice acerca de ellas? Se describe su comportamiento sexual
(qué desean, qué hacen para obtenerlo, cómo piensan acerca de su propio
comportamiento), cuáles consecuencias puede tener (medicinales, legales,
familiares o socialmente), cómo se desarrolla (qué tan frecuente es, qué
duración tiene), con qué otros aspectos se relaciona, cómo se explica. El tema
del que se habla es el tema de la patología, con lo cual se contribuye en la
creación y reproducción de estereotipos acerca de las personas con deseos o
vivencias sexuales diversas.
La
segunda estructura es la semántica local, esto es, las implicaciones,
presuposiciones, coherencia y descripciones en lo que se dice. En esta
investigación, los hacedores de los manuales psiquiátricos parten de la presuposición
de que ciertas identidades y prácticas sexuales son anormales –basta con pensar
en los nombres que se les ha dado -desviación y
trastorno-, y que ello tiene como una de sus consecuencias un
sentimiento de malestar para quienes tienen algún trastorno y que pueden ser
una molestia o peligro para el entorno social. Además, se afirma que la mayoría
de estos trastornos son hábitos que difícilmente desaparecen. Esto se da no sin
la contradicción que los autores llaman “negación aparente”, que en nuestro
caso se ve en el hecho de que se niega tácitamente la existencia de
discriminación contra las personas salidas de la pauta sexual. Como
vimos en algunas de las citas de los manuales, existe un cuidado de no parecer
discriminatorio con ninguna población aunque, sin duda, mucho de lo escriben
refuerza dicha actitud en diversos sectores de la sociedad. En este discurso
psiquiátrico también funciona lo que los autores llaman “concesión aparente”, que estaría representada por el acto de excluir
a la homosexualidad de su lista de enfermedades, seguido de la incorporación de
trastornos que de alguna forma le vuelven a convocar. Por último, el mecanismo
de “transferencia”, ejemplificado con la dificultad por parte de la psiquiatría
de hacer una lectura histórica de la sexualidad, responsabilizando y
psicologizando, en su lugar, a personas individuales y a supuestos grupos
específicos.
Como tercera estructura está el estilo, que incluye las palabras que
se usan. En nuestro caso, están presentes palabras cuyo contenido moral,
religioso o legal, disponen a la descalificación de las prácticas sexuales a
las que hacen referencia. Enumero a continuación algunas palabras (a veces
frases para su mejor comprensión) como ejemplos: sufrimiento, humillación,
dificultades, malestar, deterioro (social, laboral o de otras áreas),
(resultados) peligrosos, detenido, encarcelado, ofensas sexuales (hacia los
niños), (actos) criminales, delitos sexuales, sufren (esta) alteración,
(actividades sexuales) inusuales, (consideran) inmorales, procesados (por)
delitos sexuales, (sentimientos de) culpa, vergüenza, disfunciones sexuales,
depresión, autolesiones, (si la gente encuentra que le comportamiento sexual
del individuo es) vergonzoso o repugnante, (no es raro que) padezcan (más de
una parafilia), (pueden solicitar los servicios de) prostitutas, (pueden)
obligar (a sus) víctimas (a realizarlas en) contra de su voluntad, (muchas
personas que) sufren esta alteración, (manifiestan intensos sentimientos de)
culpa, vergüenza y depresión, (actividades sexuales) inusuales, (consideran)
inmorales, disfunciones sexuales, alteraciones de la personalidad, (niñas)
marimachos, (niños) afeminados, gravedad (de los actos masoquistas), muerte,
violar, torturar, matar, encadenado, atormentado, inadecuado.
Las palabras y frases usadas tienen varias implicaciones, por ejemplo,
se habla de víctimas realizando actos sexuales en contra de su voluntad, pero
cuando se menciona la posibilidad de consentimiento esto no es suficiente para
que el acto deje de verse como un trastorno; al usar términos como detenido,
encarcelado, delito, procesados, se establece una relación entre dicho
trastorno y un supuesto contenido criminal; la presencia de voces como padecer,
sufrir, inmoral, inadecuación, culpa, vergüenza, repugnante, atormentado,
apelan a juicios morales y religiosos
que hacen que un trastorno no sólo sea anormal sino también malo.
Finalmente, tenemos la estructura de la argumentación, que en nuestro
caso parece consistir en hacer ver la intención científica (que incluye la
revisión abundante de bibliografía, la consulta a diversos expertos, la
realización de investigaciones de laboratorio, etc.) del discurso psiquiátrico
presente en los manuales, que le daría una autoridad incuestionable para
decidir lo correcto en términos sexuales.
Quiero terminar este trabajo anotando que no se trata sólo de que la
psiquiatría, mediante el capital que le otorga, entre otras cosas, el
conocimiento médico que tiene, construya e intente imponer como normal un
modelo sexual. Se trata sobre todo de que mediante el ejercicio de lo que
Bourdieu llamó poder simbólico, consigue que la mayoría asuma como deseable y
normal esta interpretación, promoviendo con ello prejuicios y exclusiones que
se traducen, en contradicción con el mandato médico de cuidar y servir a las
personas, en sufrimiento y enfermedad para ellas.
American
Psychiatric Association, DSM-III. Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. México (masson, sa.)
1984.
------------------------------------------,
DSM-III-R. Manual diagnóstico y
estadístico de los trastornos mentales. España (masson, sa.) 1988.
------------------------------------------,
DSM-IV. Manual diagnóstico y
estadístico de los trastornos mentales. España (masson, sa.) 1995.
------------------------------------------,
DSM-IV-TR. Manual diagnóstico y
estadístico de los trastornos mentales. España (masson, sa.) 2003.
Bourdieu,
Pierre y Loïc J.D. Wacquant. Respuestas por una antropología reflexiva. México. (Grijalbo)
1995.
Foucault, Michel. Historia
de
Lamas, Marta. Usos, dificultades y
posibilidades de la categoría “género.” En: Marta Lamas (compiladora.) El
género: la construcción cultural de la diferencia sexual. México (PUEG) 1996.
Págs. 327-367.
----------------------------------------------,
Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas
Relacionados con
Van
Dijk, Teun A. “El discurso como interacción en la sociedad.” En: Teun A. van
Dijk (comp) El Discurso como Interacción Social. España (gedisa) 2000.
Van
Dijk, Teun, Stella Ting-Toomey, Geneva Smitherman y Dense Troutman. “Discurso,
filiación étnica, cultura y racismo”. En: Teun van Dijk (comp.) El Discurso
como Interacción Social. España (gedisa) 2000. Págs. 213-262.
Weeks, Jeffrey. Sexualidad.
México (Editorial Piados) 1998.
[32] Weeks, Jeffrey, Sexualidad. México (Paidós) 1998, págs. 37-38.
[33] Idem, p. 38. comillas en el original.
[34] Idem, p. 40.
[35] Idem, p.71.
[36] Idem, p.73.
[37] Foucault, Michel, Historia de
[38] Idem, págs. 10-11.
[39] Idem, págs. 56-57. Cursiva en el original.
[40] Rubin, Gayle. “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad.” En: Carole Vance (ed.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. España (Talasa) 1989, págs. 183-184.
[41] Idem, p. 184. Paréntesis mío.
[42] Idem, págs. 130-143.
[43] Idem, p. 137.
[44] Idem, p. 139.
[45] Idem, p. 140.
[46] Lamas, Marta. “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría
“género”.” En: Marta Lamas (ed.) El género: la construcción cultural de la
diferencia sexual. México (PUEG) 1996, p. 340.
[47] Idem, p. 339.
[48] Idem, págs. 339-340.
[49] Idem, p. 348.
[50] Weeks, Jeffrey, Sexualidad,.., p. 20.
[51] Idem, p. 31. Comillas en el original.
[52] Idem, p. 20. Comillas en el original.
[53] Idem, p. 63.
[54] Bourdieu, Pierre y Loïc J.D. Wacquant. Respuestas por una antropología reflexiva. México (Grijalbo) 1995, p. 64.
[55] Idem. P. 69.
[56] Idem. P. 70.
[57] Ibidem.
[58] Idem, p.106.
[59] Usaré las comillas sólo para indicar el nombre de categorías o grupos de trastornos que aparecen en los manuales. Para no hacer pesada la lectura, las evitaré como recurso para mostrar mi desacuerdo con algunos términos usados por la psiquiatría para designar algunas identidades y prácticas sexuales.
[60] Organización Mundial de
[61] Ibidem.
[62] Idem, p.41.
[63] Ibidem.
[64] Organización Mundial de
[65] Ibidem.
[66] Ibidem. Paréntesis en el original.
[67]Tanto para el caso de
[68] Organización Mundial de
[69] Organización Mundial de
[70] El DSM-I se publica en 1952.
[71] American Psychiatric Association, DSM-III. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. México (masson, s.a.) 1984. Págs. 396-397.
[72] Es importante recordar que aún en el DSM II, publicado en 1968, se incluye a la homosexualidad como un trastorno. Sin embargo, en una de sus versiones ésta es ya excluida.
[73] American Psychiatric Association, DSM-III.
Manual..., p.275.
[74] Ibidem. Comillas en el
original.
[75] Idem, p.276.
[76] Idem, p.277.
[77] Idem, p.278. Comillas y
paréntesis en el original.
[78] Idem, p.279.
[79] Idem, p. 281.
[80] Ibidem.
[81] Idem, p.282.
[82] Idem, p.283.
[83] Idem, p.286.
[84] Idem, p.284. ¿Por qué un hombre
gay que se vista con ropa de mujer no puede ser travesti? O ¿Por qué una
mujer no puede ser travesti?
[85] Idem, p.288. Énfasis en el
original.
[86] Para mayor entendimiento de lo
que sí sería una actividad sexual véase la definición de disfunciones
psicosexuales, página 291, que se mantiene en todas las versiones del DSM,
según la cual el “ciclo completo de la respuesta sexual” es: deseo, excitación,
orgasmo y resolución.
[87] Idem, p.288.
[88] Idem, p.289.
[89] Idem, págs.289-290.
[90] Idem, p.296.
[91] Idem, p.297.
[92] Ibidem.
[93] Ibidem.
[94] Ibidem.
[95] Idem, p.298.
[96] American Psychiatric Association, DSM-III-R.
Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. España (masson, s.a.) 1988. P.333.
[97] Idem, p. 340.
[98] Idem, p.335.
[99] Idem, págs.335-336.
[100] Idem, p.344.
[101] American Psychiatric Association, DSM-IV.
Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. España (masson, s.a.) 1995. P.537.
[102] Ibidem.
[103] Idem, págs.545-546.
[104] Idem, p.545.
[105] Idem, p.549.
[106] Idem, p.548.
[107] American Psychiatric Association, DSM-IV-TR.
Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. España (masson, s.a.) 2003. P.599.
[108] American Psychiatric Association, DSM-III.
Manual...
[109] American Psychiatric Association, DSM-III-R.
Manual...
[110] American Psychiatric Association, DSM-IV.
Manual...
[111] American Psychiatric Association, DSM-IV-TR. Manual...
[112] Consúltese por ejemplo: American Psychiatric Association, DSM-III. Manual...P, 9;
DSM-III-R…P, xxviii; Organización Mundial de
[113] Esto a pesar de que existe una posición oficial en el sentido de que el comportamiento “desviado” en términos sexuales, políticos o religiosos, no es un trastorno mental. American Psychiatric Association, DSM-IV. Manual...P, xxi.
[114] Van Dijk, Teun A. “El discurso como interacción en la sociedad.” En: Teun A. van Dijk (comp) El Discurso como Interacción Social. España (gedisa) 2000, p. 22.
[115] Idem, p. 33.
[116] Idem, p. 41.
[117] Idem, p. 47.
[118] Por mencionar otra discusión, para nada ausente dentro de la misma psiquiatría, considérense los conflictos de interés al interior de esta disciplina, relacionados por ejemplo con la industria farmacéutica que puede lucrar con la existencia de determinados trastornos o con algunos resultados de investigaciones científicas. Es notable el hecho de que la mayoría de tratados de psiquiatría son auspiciados por compañías farmacéuticas que incluyen en sus productos medicamentos psiquiátricos. Un pequeño pero recién publicado trabajo que aborda el tema puede leerse en: Lolas, Fernando. “La psiquiatría actual y los conflictos de interés.” En: INTERPSIQUIS. 2006. http://www.interpsiquis.com
[119] Este tema se ha desarrollado en otro capítulo de la tesis.
[120] Pueden consultarse por ejemplo las guías sexuales denominadas
“Aprendiendo a querer” publicadas por
[121] En otro capítulo de la tesis se verá como la relación de entre la psiquiatría y la legalidad es también de competencia e imposición.
[122] Véase por ejemplo: American Psychiatric Association, DSM-III. Manual...P, 9; American Psychiatric Association, DSM-IV. Manual...P, xxi.
[124] En otro capítulo veremos como esto es interpretado por algunos profesionales del Hospital Nacional Psiquiátrico como una liberación para algunas personas que, ante el detalle del diagnóstico, son excluidas de él. No coincido con ello, creo que al existir tantas categorías, casi cualquier puede entrar en una de ellas. En todo caso, existe también una preocupación por los derechos humanos de las personas diagnosticadas con alguna enfermedad o algún trastorno sexual que, por ejemplo, puede verse en Caja Costarricense de Seguro Social, Análisis sectorial de salud. Costa Rica (CCSS) 2002, p. 510.
[125] En los DSM el término surge en el III, el II hablaba de “desviaciones sexuales.”
[126] Van Dijk, Teun. El discurso... p. 61.
[127] Idem, p.20.
[128] Véase la discusión que sobre el discurso institucional plantean Drew,
Paul y Marja-Leena Sorjonen. “Diálogo institucional”. En: Teun van Dijk (comp.)
El discurso..., págs. 141-178.
[129] Van Dijk, Teun, Stella Ting-Toomey, Geneva Smitherman y Dense
Troutman. “Discurso, filiación étnica, cultura y racismo”. En: Teun van Dijk
(comp.) El discurso..., págs. 213-262.