DIÁLOGOS.   REVISTA   ELECTRÓNICA   DE   HISTORIA

Escuela  de   Historia. Universidad  de  Costa Rica

 

 

La Historia Cultural entre la utopía y la imaginación.  Hacia un proyecto historiográfico.  Dr. Juan José Marín Hernández

 

Comité Editorial:

Director de la Revista Dr.  Juan José Marín Hernández jmarin@fcs.ucr.ac.cr 

Miembros del Consejo Editorial: Dr. Ronny Viales, Dr. Guillermo Carvajal, MSc. Francisco Enríquez, Msc. Bernal Rivas y MSc. Ana María Botey 

Miembros del Consejo Asesor Internacional: Dr. José Cal Montoya, Universidad de San Carlos de Guatemala; Dr. Juan Manuel Palacio,  Universidad Nacional de San Martín y Dr. Eduardo Rey, Universidad de Santiago de Compostela, España

 

Diálogos Revista Electrónica de Historia” se publica interrumpidamente desde octubre de 1999


Palabras claves:  Historia Cultural, Costa Rica, Centroamérica, Balance, Historiografía y Cultura.

 

Key words: Cultural History, Costa Rica, Central America, Balance, Historiography and Culture.

 

 

Resumen

 

El artículo confronta esboza el desarrollo de la denominada historia cultural costarricense en la cual se plantea las posibilidades establecer a través de ella un campo disciplinar analítico, interpretativo y sistemático.  El trabajo llama propone además desarrollar una historia cultural comprometida con su entorno social.

 

Abstract

The article borders outlines the development of the cultural Costa Rican history called in which one raises the possibilities to establish across it  a field to discipline analytical, interpretive and systematicly. The work calls proposes to develop in addition a cultural history compromised with your social environment.

 

 

 Costarricense.  Historiador, doctorado por la Universidad Autónoma de Barcelona.  Profesor asociado de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigaciones Históricas de América Central:  Programa de Historia Social y Económica.  Director del Proyecto Clionet Costa Rica y de Diálogos Revista Electrónica de Historia.   Actual director del Posgrado Cerntroamericano en Historia.  Autor de diversos artículos sobre historia social de la prostitución, el delito y la marginalidad, así como de las nuevas tecnologías y la enseñanza de la historia.  En esta última área ha desarrollado el modulo Estudios Sociales  http://historia.fcs.ucr.ac.cr/mod-cole/ , los museos virtuales  http://historia.fcs.ucr.ac.cr/tcu/index.htm y fue socio fundador de la Asociación de Profesionales en la Enseñanza de los Estudios Sociales.  APROEES.  Correo electrónico:  jmarin@fcs.ucr.ac.cr

 


 

 

La Historia Cultural entre la utopía y la imaginación.  Hacia un proyecto historiográfico

 

Dr. Juan José Marín Hernández ([1])

Escuela de Historia

Email: jmarin@fcs.ucr.ac.cr

 

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Introducción

 

“...cuando empecé a ver por primera las generosas disposiciones del cielo frente a los peligros a los que nos enfrentamos en esta vida. Cuán milagrosamente somos salvados a veces, sin saberlo.  Cómo, cuando nos encontramos ante una duda o vacilación (en un aprieto, como decimos) acerca de ir por este o ese otro camino, una secreta insinuación nos dirige por este camino, cuando pretendíamos ir por ese otro; o a veces, cuando el sentido común o nuestra inclinación, o quizá nuestros intereses personales, nos llaman hacia el otro camino, pero una extraña impresión se graba en nuestra mente, procedente de no sabemos dónde y, movida por no sabemos qué poder, nos obliga a ir por este camino; y luego nos damos cuenta de que si hubiéramos ido por ese otro que habíamos elegido, siguiendo los dictados de nuestra imaginación, nos hubiéramos visto arruinados y perdidos.  Estas y muchas otras reflexiones parecidas me decidieron  a establecer una cierta norma, la de que, cada vez que mi mente se hallaba ante la incertidumbre o la presión de hacer o no hacer algo determinado, o de seguir este o aquel camino, nunca dejaba de obedecer el dictado secreto, aunque no conocía ninguna razón para ello más allá de esa incertidumbre o esa presión.”  Defoe, Daniel.  Robinson Crusoe.  El Mundo..  Madrid, España.  1999, p.186-187.

 

El VII Congreso de Historia Centroamérica celebrado en Tegucigalpa Honduras, entre 19 y el 23 de julio del 2004,   permitió reunir a una serie de colegas con los cuales se pudo discutir ampliamente sobre el desarrollo y el futuro de una nueva área de la disciplina histórica, que se abre paso en forma monumental  en Centroamérica, como es la historia cultual, eso si con diversos ritmos y problemáticas que en su conjunto nos permiten avizorar los posibles alcances de esta plataforma de trabajo con perspectiva cultural.  Tal vez en un futuro cercano este tipo de reuniones y discusiones nos permitan desarrollar planteamientos ambiciosos en el marco de la región, tal y como se hacen en otras latitudes como las desarrolladas por Peter Burke, Jean Pierre Rioux y Jean FranVois Sirinelli. ([2]) Este artículo pretende establecer los movimientos, temáticas, interrogantes y controversias que han surgido en la historia cultural costarricense, esto con el fin de establecer paralelismos con el resto de los países centroamericanos y plantearnos la posibilidad de crear un espacio trabajo comparativo, analítico y sistemático, esta vez en el marco centroamericano, incluyendo en este a Panamá y Belice.  

Nuestro propósito es establecer las características de la historia cultural como un campo de trabajo en perspectiva y determinar las posibilidades que podría tener la historia cultural como un espacio  trabajo histórico, sistemático, serio, propositivo, interdisciplinario y desde luego comprometido con su sociedad. 

Este artículo se dividió en cuatro secciones. La primera realiza un balance sobre el desarrollo de la historia cultural en Costa Rica enfatizando en los principales avances experimentados; la segunda sección evalúa a la historia cultural dentro de un posible debate historiográfico.  La tercera realiza un examen de la historia cultural como un espacio de trabajo fructífero, analizando algunos de sus productos más notables en los últimos 10 años.  Finalmente, la última sección se interroga sobre qué tipo de historia cultural es la que deseamos, en este sentido se evalúan los principales retos o desafíos actuales.

 

1- Hacia un diagnóstico de una Historia Reciente: La Historia Cultural

 

¡Qué extraña obra de la providencia es la vida de un hombre!  ¡Y qué secretos y contradictorios impulsos mueven nuestros afectos según las distintas circunstancias presentes! Hoy amamos lo que mañana odiamos, hoy buscamos lo que mañana rehuimos, hoy deseamos lo que mañana tenemos; más aún, la aprensión nos hace temblar”. Defoe, Daniel.  Robinson Crusoe.  El Mundo..  Madrid, España.  1999, p.168

 

 

En 1992, los historiadores Iván Molina y Steven Palmer  compilaron una serie de artículos de historia cultural que se publicaron  como un libro titulado “Héroes al Gusto y Libros de Moda”.    ([3])  Dicha obra pronto se convertiría en un referente indispensable para todo historiador interesado en los tópicos culturales, además por el tratamiento temático y por el examen que se hacía de la historiografía nacional.   En su diagnóstico tanto Palmer como Molina afirmaban que en la década de 1980 la historiografía costarricense:

 

“... se concentró en el estudio de la estructura agraria y los conflictos sociales; pero exploró poco la esfera cultural hecho que rompía con una larga tradición historiográfica que durante un poco menos de un siglo  se había sostenido en la exploración de lo cultural”.  ([4])

 

La afirmación fue parcialmente cierta para una comunidad de historiadores, que  desde las universidades estatales, se habían autodefinido como nuevos historiadores ([5]) y que decidió privilegiar las temáticas demográficas, económicas, la historia agraria y la historia de los movimientos sociales.  ([6])   Para Molina y Palmer estas predilecciones resultaban una irónicas puesto que los temas dominantes, entre 1900 y 1970, habían sido  los culturales.  ([7])

Sin embargo, tal extravío, si existió,  duró poco menos de una década.  La gran mayoría de los nuevos historiadores que se profesionalizaron e institucionalizaron sucumbieron  demasiado pronto en las redes de lo cultural.  Varios de los más afanados historiadores sociales y económicos como Juan Rafael Quesada, Víctor Hugo Acuña, Iván Molina, Patricia Alvarenga, Eugenia Rodríguez y Rodrigo Quesada impetuosamente abandonaron las discusiones del tránsito del capitalismo y las configuraciones socio económicas para dar paso a las discusiones sobre la literatura, la identidad, las comunidades imaginadas, y el género, entre otros, temas que en otrora eran vistos como poco significativos en las explicaciones estructurales de la sociedad.

Así, muchos de los historiadores sociales y económicos renunciaron  a seguir estudiando las clases sociales y dieron paso a la búsqueda de la otredad, las identidades étnicas, de género y a los nuevos movimientos sociales.  Algunos de ellos más apegados que otros a la interpretación posmodernista de la realidad.  ([8])

Por otro lado, los historiadores agrarios continuaron desarrollando sus trabajos ampliando sus  perspectivas analíticas con el factor cultural.  En este caso habría que señalar al grupo de trabajo aglutinado alrededor de Mario Samper, entre los que haría que destacar a Carlos Naranjo, Margarita Torres, Brunilda Hilje y Paul Sfez, entre otros, que incluso prepararon reflexiones en torno a esa incorporación. ([9])  Tal actitud contrastaba visiblemente con la estampida ocurrida en la historia demográfica, donde historiadores como Francisco Enríquez, Yolanda Dachner, José Antonio Fernández, Edwin González y José Antonio Salas pasaron a trabajar otros temas, algunos de ellos referentes a lo cultural (sociabilidad, la educación o las pugnas simbólicas) u otros tópicos ligados a una historia económica más abierta a nuevas categorizaciones de análisis.  ([10])

            Para 1989, cuando caía el muro de Berlín, fue más evidente la abdicación a los modelos estructualistas y holistas y con ello aumentó el  rechazo a las historiografìas más interpretativas y globalizantes como la historia económica, social y la denominada historia total.  Ello creó un caldo de cultivo sumamente favorable para la historia cultural y con ello un aumento en los oficiantes dedicados a rescatar lo cultural, algunos tratando de encontrar respuestas a la lucha de clases otros rehuyendo la insistencia en la conflictividad social.  Entre, los historiadores profesionales hubo un aumento en el recelo, casi general, a los modelos marxistas, aún aquellos de corte culturalista, como el de los denominados historiadores marxistas británicos.  Durante, la década de 1990, un porcentaje alto de los nuevos trabajos (principalmente de tesis) ya no sentían igual gusto a las obras de historiadores como EP Thompson, Eric Hobsbam, George Rudé, entre otros, y se prefería leer marcos más acordes con el nuevo movimiento culturalista internacional.  ([11])   De esa forma, hubo una relectura de Michell Foucault, Roland Barthes,  Jacques Lacan, Julia Kristeva,  Roger Chartier, entre otros, y se releía con ojos menos revolucionarios los trabajos clásicos de Norbert Elias, Jurgen Habermas y Antonio Gramsci, sólo para citar algunos.  Asimismo, en un grupo cada vez mayor de historiadores permeó muy hondo, la idea de que la historia no tiene que ser ideológica y mucho menos comprometida. ([12]) Así los conceptos del “conocimiento no basado en fuentes” y la “historia militante” se mostraban como extraños en las nuevas discusiones historiográficas.  ([13]) Así mismo, los proyectos de difusión histórica junto con los sectores populares de los años 80 desaparecieron en los 90, salvo los programas que hacían en el ámbito personal por algunos investigadores.  ([14])

            Ahora bien, el tránsito a una historia cultural como sustituta de la historia económica y social no fue unánime.  Hubo intensas polémicas, especialmente dirigidas por Rodrigo Quesada comentando los peligros del culturalismo thompsoniano de Mario Oliva o los supuestos excesos de Steven Palmer, aunque paradójicamente más tarde Quesada pasará a ser uno de los nuevos culturalistas a finales del siglo XX y principios del XXI. ([15]) Por otra parte, hubo reticencias a renunciar a una historia militante, combativa y  progresista.  Curiosamente, varios de los cultores de la historia de las mentalidades se mostraron evasivos a un posible de etiquetamiento como historiadores culturales.  Quizá uno de los más reservados fue José Daniel Gil y varios de los colegas que trabajaban la historia de la delictividad y marginalidad.  Incluso, en el caso de Gil Zúñiga proponía agendas de trabajo donde se redimensionaban las problemáticas de la historia de las mentalidades para nuestro contexto.  ([16])

            A pesar del abandono progresivo de la historia económica y social la misma no ha perdido vigencia tanto por los esfuerzos de colegas como Ronny Viales y Carlos Hernández  como de las necesidades que tiene nuestra sociedad de conocer interpretaciones integrales  sobre nuestro pasado.  Unido a ello se encontraba la fortaleza de áreas con un intenso desarrollo propio como la historia colonial y la historia agraria.  En todo caso, el mérito de estas áreas se encontraba en que varios de sus oficiantes, además de rescatar la dimensión estructural, incorporaban en sus trabajos categorías de análisis de tipo cultural. 

            Fuera del ámbito de las universidades estatales y de los entes de divulgación que permitían institucionalizar a la denominada Nueva Historia, la historia cultural tradicional no había cegado en su vigor.  La narrativa descriptiva y anecdótica,  el privilegio por los grandes personajes, el relato fabuloso y legendario, y la descontextualización de las relaciones sociales se mantuvo. 

            Un buen ejemplo de lo anterior, es el trabajo de compilación del bibliotecario Elías Zeledón que a través de sus libros “Leyendas Costarricenses” ([17]); “La vida cotidiana de nuestros abuelos” ([18]); “Santoral Costarricense” ([19]) y “Sortilegio de viejas raíces” ([20]) ha logrado gran aceptación en el  denominado gran público.  A pesar de que estos compendios rescatan la narrativa liberal y con ello el proceso civilizatorio que tendió a desarrollar la clase dominante costarricense, en este tipo de trabajos poco se menciona sobre las implicaciones que tuvo dicha narrativa en el imaginario social, en la construcción de la nación o en el proceso de morigeración.   De este modo, la  problematización de la cotidianidad queda ausente.  Como reconoce el historiador Eduardo Oconitrillo en el prólogo de “La vida cotidiana de nuestros abuelos”

 

“La historia no sólo la hacen los grandes personajes, sino también la gente común y corriente.  La podrán llamar historia anecdótica o pequeña historia, pero esta historia cotidiana cada día adquiere mayor valor”  ([21])

 

Desgraciadamente, la equiparación de la vida cotidiana como un acontecimiento anectódico, tal como la entiende Oconitrillo, no ha sido suficientemente rebatida, por la historia académica, la que tampoco ha creado alternativas socialmente atractivas que permitan al mismo tiempo el desarrollo de interpretaciones con perspectiva histórica y el pensamiento crítico, tan necesarios en la sociedad moderna.  De este modo, todavía existe una prolifera literatura que se dedica a relatar  eventos donde se entremezclan personajes de alcurnia o de aquellos individuos que tuvieron una vida ejemplar o picaresca que reafirmaban los marcos valorativos de la sociedad liberal, ocultando sus tremendas injusticias sociales. 

De ese modo, se rescata a personajes como ñor Valentín Sequeira, quien además de ser un pobre de solemnidad y de tener una gran deuda económica con el Jefe de Estado Braulio Carrillo logró engañar nada menos que al primer ciudadano del Estado de Costa Rica a través de una serie de artimañas picarescas. Según relataba Manuel Arguello, don Valentín contrató a unos amigos para ser llevado en andas como era la usanza de la época, al ver esto don Braulio exclamó  

“¡Dios le perdone así como yo le perdono lo que me debía!”  a lo que Sequeria respondía “la deuda quedó cancelada”.  ([22])

 

            Como ese ejemplo, otros muchos podrían rescatarse, pero en todos poco se discute sobre la cotidianeidad como un espacio de configuración de ideologías contestarias al mundo liberal;  la creación de mecanismos de socialización y de creación identitaria; la instrumentalización de comportamientos, percepciones y representaciones sociales; la creación de marcos de conducta y la acumulación de experiencias y estrategias de resistencia social que hicieron posible la democracia actual, aunque imperfecta mucho más inclusiva que otras partes de América Latina.  Todo ello se desvanece en el simple relato anecdótico.

Gracias al mercado cautivo que significan los escolares y colegiales para la historia oficial, la historia cultural tradicional mantuvo y mantiene una gran proyección. Un llamado de atención de cómo atacar esta historia cultural tradicional es realizado por Tatiana Lobo, sólo que al costó de abandonar el rigor, pertinencia y la lógica de trabajo de la historia por una dudosa novela histórica ([23]).  A lo que habría que agregar una comunidad de historiadores, ya sea dentro de feudos universitarios y de las mal llamadas “universidades” privadas,  que simplemente ignoró el trabajo que se producía en las Escuelas de Historia y en el Centro de Investigaciones Históricas.   De este modo, los historiadores culturales tradicionales evitaron a toda costa la polémica; mientras los nuevos historiadores soslayaban un combate más directo contra la historia anecdótica.  Al parecer la premisa era cada quien con su trabajo y Dios con el de todos,   Así, en las últimas dos décadas prevaleció el trabajo individual sin meterse mucho con sus colegas, especialmente con los más opuestos a su práctica historiográfica.  En las escasas polémicas que se produjeron, las mismas duraban muy poco y con exiguos resultados historiográficos.

En términos de la controversia acaecida en las dos últimas décadas, uno de los resultados más sensibles fue el prematuro entierro de la historia de las mentalidades que hizo casi al unísono la historiografía nacional, sustituyéndola por la historia cultural, a la cual se le veía como más idónea para analizar diferentes fenómenos que iban desde la identidad hasta los imaginarios sociales.

En términos de la incidencia social, la década de 1980 generó una valiosa práctica que hasta ahora no ha sido suficientemente continuada.   En octubre de 1985, diversos historiadores, teólogos  y cientistas sociales se congregaron a discutir la importancia de la recuperación de la memoria histórica, a instancias del Centro Nacional de Acción Pastoral CENAP, y gracias a ello se organizó el Primer Encuentro Sobre Cultura y Memoria Popular.

            En aquella época se discutía la interrelación de la memoria colectiva  con la práctica organizativa de las clases populares costarricenses; la importancia de los métodos de investigación acción en ese reconquista; la trascendencia de la investigación académica comprometida con su entorno social y con las clases subalternas y la creación de un marco sistemático de categorías teórico – metodológicas.

            A lo largo, de estas dos últimas décadas se han creado diferentes proyectos, inspirados en la historia social, cultural y de las mentalidades,   por reconstruir la memoria popular; determinar los mecanismos de difusión de las experiencias colectivas y descubrir los mecanismos que permiten edificar las identidades sociales. ([24])

            Tal vez, en estas dos últimas décadas,  los proyectos Aulas Libres, el Museo de Cultura Popular y el Trabajo Comunal Pasado y Presente de las Comunidades Costarricenses, han sido los proyectos más significativos por crear una historiografía con la gente común y corriente.

            Dicha aspiración es recogida por José Daniel Gil Zúñiga,  quien ha reconocido la importancia de rescatar el papel protagonismo de las mismas comunidades y sujetos estudiados en la construcción de su propia historia.  Para él, en el proyecto “Aulas Libres”

 

“Los que sabíamos de historia de Costa Rica, venimos a enseñarles a los ignorantes de la calle la historia de Costa Rica; y un día nos dimos cuenta que los ignorantes eran los doctores y los licenciados en historia ... y los profesionales tuvimos que sentarnos a la vera del camino para escuchar la  lección de Francisco Oviedo, o la lección de doña Nuria Pérez, quienes al final fueron los que terminaron escribiendo la estrategia.  Uno solo era el acomodador de piezas.  Es decir, la gente terminó enseñándole a uno, y esa fue justamente la gran experiencia. ([25])

 

Empero, tal dinámica no se propagó en la academia. Fuera del proyecto de “Aulas Libres”, la Asociación Acuanta (creada por el mismo José Daniel Gil) los intentos de edificar una historia junto a los protagonistas, entremezclando la divulgación y la difusión histórica no se volvieron a repetir.  La academia observó a tales iniciativas como procesos interesantes, pero irrepetibles en su ámbito habitual de trabajo.  De ahí, que la historia “desde abajo”, fuera rápidamente interrumpida. 

Con respecto al Trabajo Comunal Universitario “Pasado y Presente de las Comunidades Costarricenses”,  si bien es cierto ha perdurado por más de diez años, como parte de un proyecto académico, su impacto original en  la deseada articulación investigación – docencia – extensión no se consolidó.  En efecto, en la actualidad dicho TCU ya no promueve cursos o proyectos de graduación.  A mediados de la década de 1990, la impronta inicial comenzó a borrarse conforme en la licenciatura de historia de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica languidecía.  A pesar de ello, el TCU aún mantiene una vigorosa labor en el rescate histórico en las comunidades, esperando mejores tiempos para rearticular las diferentes áreas de la historia. ([26])

            Finalmente, el “Museo de Cultura Popular” ([27]) también logró crear una valiosa dinámica de trabajo.  Lamentablemente, para la comunidad de historiadores pasó de ser un meritorio proyecto de extensión universitaria, a un “simple museo” y no un centro de difusión histórica como originalmente se concibió. ([28])

            La distancia entre la academia y la historia popular siempre ha sido problemática.  En 1985,   Víctor Hugo Acuña, se preocupaba por diferenciar dos actividades que a priori debían estar interrelacionadas mutuamente.  Para él, debía distinguirse entre la actividad científico – ideológica de investigar la historia social y la tarea político – ideológica de hacer del conocimiento histórico un instrumento para formar una conciencia e identidad de las clases trabajadoras.   Para Acuña Ortega, era necesario  considerar que

 

“... la historia social, es en primer lugar, una actividad académica que puede permanecer más o menos alejada de la vida y las luchas de las clases trabajadores ... A la inversa, la tarea de recuperación de la memoria popular tampoco está condenada a producir un saber de segunda categoría.  De hecho ambas actividades convergen y pueden confluir pero es pernicioso desconocer su existencia separada”  ([29])

 

Si bien, la propuesta de Acuña, rescataba la posibilidad de establecer vínculos entre la historia social académica  y las tareas educativas y organizativas asociadas al rescate de la memoria histórica,  a lo largo de dos décadas predominó la visión aislacionista de la investigación.  De modo tal, que a una mejora sustancial de los instrumentos de trabajo de la historia se dio un mayor alejamiento del entono social al que, en teoría, debía responder.

 

2- La Historia Cultural elementos hacia un debate

-Más has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.  Cervantes Miguel.  Don Quijote de la mancha II parte p. 88

 

 

Antes de iniciar cualquier debate sobre la historia cultural debe reconocerse que esta, como cualquier otro género de la historia, es difícil de definir.   En efecto, sus límites temáticos son difusos pudiéndose entremezclarse con otras demarcaciones propias de la historia de la literatura, la antropología cultural, de las mentalidades, la social, la microhistoria, o de las ideas, sólo para nombrar algunas.  Asimismo, la pluralidad de marcos teórico metodológicos, a veces antagónicos entre sí, complican una descripción homogénea de esta área historiográfica.  Igualmente, los terrenos de trabajo de la historia cultural son múltiples y diversos por lo cual los investigadores adscritos a este campo recurren con frecuencia al diálogo interdisciplinario.  ([30]) Incluso, al igual que otras áreas temáticas de la historia muchos de sus oficiantes tienden a sentirse más a gusto dialogando con otros especialistas que con sus propios colegas historiadores.  Tales inconvenientes han provocado que la adopción de la historia cultural sea muy desigual tanto geográficamente (por países) como académicamente. Incluso, muchos historiadores tienden a ignorarla como un campo serio del trabajo historiográfico o reclaman para sí  formas particulares de trabajar lo cultural.  ([31])

A parte de lo anterior,  habría que agregar que al igual que en otros países en Costa Rica los mismos oficiantes de la historia cultural provienen no sólo de diferentes áreas de la historia sino también de distintas disciplinas de las ciencias sociales, elemento que hace aún más difícil establecer una definición única o al menos cercana de lo que es la historia cultural.  ([32])  Asimismo, los historiadores que abordan la esfera cultural tienden a ser encasillados en áreas determinadas de la historia cultural.  Ello ha provocado que algunos investigadores, (que usualmente se les sitúa en esa área historiográfica) tiendan a no sentirse a gusto dentro de las gavetas forzadas en que se les ubica.   ([33])

Finalmente, en un país tan pequeño como Costa Rica y un colectivo de historiadores relativamente reducido las nuevas temáticas tienden a convertirse en campos disciplinarios por lo que la denominación de historia cultural tiende a confundirse con la multiplicación de campos disciplinarios.

En todo caso, lo importante no es enfrascarse en la simple momenclatura o en establecer sus límites y oficiantes.  En el caso costarricense, desde 1995 hay una clara conciencia de la necesidad de trascender las clasificaciones temáticas y temporales de la historia para abocarse a preguntas más trascendentales como son el establecimiento de problemáticas más globalizadoras.  En esa ocasión señalaba Mario Samper:

 

“... parece urgente precisar interrogantes medulares que han orientado o podrían orientar nuevas pesquisas, y a la vez abordar de lleno una serie de cuestiones teórico metodológicas e interpretativas que aquí apenas se han mencionado”  ([34])

 

Con esa mira señalada por Mario Samper es importante rescatar el balance realizado por Iván Molina en 1989 donde destacó el inició de nuevas preguntas relacionadas con el simbolismo social y las apropiaciones culturales.  ([35])

De ese primer balance resultó que las temáticas predominantes en el ámbito costarricense eran el delito, las manifestaciones religiosas, el desarrollo literario y la cultura del mundo obrero.  Aunque con tratamientos teórico metodológicas muy dispares entre si.  ([36])

Tres años después en otro balance, Iván Molina junto con Steven Palmer destacaron el peso de la denominada “nueva historia cultural”,  la cual para ellos era mas precisa que la historia de las mentalidades a la hora de analizar la dimensión subjetiva.   ([37])   A la par de ello se criticaron los enfoques estructuralistas los cuales no llegaban a visualizar la cotidianidad o a los sujetos sociales de carne y hueso. 

Para Molina y Palmer la década de 1990 retornó a lo cultural esta vez enfocando un espectro temático más amplio preocupado por la cotidianidad y las representaciones sociales y la antropología simbólica.  De este modo, se citan nuevas temáticas tales como el delito y los marginados, las actitudes ante la muerte, las festividades electorales, las diversiones públicas, la impresión, distribución y consumo de periódicos y libros y la invención de la nacionalidad.  El libro Héroes al Gusto permite señalar a los autores más significativos de este cambio historiográfico.  De este modo, es posible nombrar a Eugenia Rodríguez, Arnaldo Moya, Patricia Fumero, Patricia Vega , Víctor Hugo Acuña  y desde luego Iván Molina y Steven Palmer como los principales estandartes de la historia cultural.

Entre 1989 y 1994, la historiografía costarricense de lo cultural parecía distanciarse tanto de la historia cuantitativa como  estructural, prueba de ello es una simplificación de los procesos cuantitativos y una clara predilección para rescatar el documento individual y el estudio de casos como alternativas al trabajo historiográfico.  Es así como en 1996, Iván Molina y Seteven Palmer trataron de restituir la obra particular para conocer lo colectivo a través del análisis de un impresor catalán (Avelino Alsina) y un mago cubano (Carlos Carballo Romero, conocido más popularmente como profesor Carbell)

A pesar de la crítica a las estructuras y a la visión de lo mental hecha en los prólogos de “Héroes al Gusto” y “El Paso del Cometa” en 1995, un nuevo balance sobre lo cultural fue desarrollado esta vez por Dora Cerdas, José Daniel Gil y Margarita Rojas rescatando la relación entre la historia de las mentalidades y lo cultural.  ([38])  En consecuencia, en este nuevo recuento aún se destacaba el peso teórico metodológico de la historia de las mentalidades.  Precisamente,  Dora Cerdas destacaba el papel de la vida cotidiana y el imaginario colectivo en la producción historiográfica.  Según ella, a los temas de la delictividad, el desarrollo literario y la cultura del mundo obrero  se unieron otros tópicos tales como la marginalidad, el matrimonio, la sexualidad y las actitudes ante la muerte.  Para ella, la ampliación de los objetos de estudio llevó  a una expansión del uso de fuentes, inéditos métodos de investigación y la inserción de nuevos marcos teóricos.  Estos avances llevaron a afirmar a Dora Cerdas que:

 

“la contribución que la historia de las mentalidades está dando a la historiografía costarricense es diversa y gratificante, ya que ha salido a flote una temática, si se quiere atrevida para algunos, pero que ha sido y sigue siendo parte del accionar de individuo (sic)  en la sociedad.

La historia debe estudiar la sociedad no sólo desde la óptica económica, política, social o demográfica.  También se debe ahondar en las actitudes, creencias, comportamiento y sentimientos; lo vivido, lo expresado, lo reprimido, que además de apasionante es parte de nuestra disciplina.  Explorarlo con la seriedad debida es nuestro compromiso” ([39])

 

La afirmación de Cerdas no quedó aislada en ese debate.  José Daniel Gil propuso un ambicioso proyecto investigativo y una agenda de trabajo la cual pretendía establecer la importancia de la historia de las mentalidades en el contexto costarricense y centroamericano.  ([40])  Cabe indicar que tal propuesta llevaba implícita una revaloración de la cultura popular, el protagonismo de los sectores populares y un deseo vincular la praxis histórica con la realidad social del momento.  ([41]) Desdichadamente no fue debatida en la magnitud que se requería y lo valioso de sus proposiciones se desvanecieron.  Por otra parte, Margarita Rojas, desde el punto de vista de la semiótica y la literatura,   hizo una demoledora crítica  a los métodos de trabajo de los historiadores que trabajaban lo cultural y lo mental.  Si bien su análisis se dirigió a las obras de Iván Molina “Al pie de la Imprenta” y al “Matrimonio y vida cotidiana” de Dora Cerdas  no encontró en ellos o en el resto de los cultores de este género una respuesta teórico metodológica que rebatiera las argumentaciones ciertamente parcializadas de Rojas.   ([42])

Si bien el balance de Dora Cerdas y José Daniel Gil rescataban positivamente la esfera de lo cultural su programa de trabajo consideraba intrínsecamente estudiar lo racional, lo emotivo, lo imaginario, lo inconsciente y la conducta.  A finales de la década del 90, varios de los cultores de la historia cultural costarricenses sepultaron la validez de la historia de las mentalidades siguiendo las críticas de Ginzburg y Chartier ([43]) y otros historiadores postmodernos ([44]).  Curiosamente, en el ámbito nacional las aportaciones realizadas por el trabajo de José Daniel Gil siguen siendo consideradas muy valiosas; mientras en el medio internacional autores como Carlos Barros reivindican con inusual ímpetu el programa diseñado por los historiadores seguidores de la historia de las mentalidades.  ([45])   Por otra parte, grupos de historiadores como Hdebate ([46]) pretenden rescatar las diferentes aportaciones y géneros historiográficos con el propósito de iniciar un fecundo diálogo al interior del trabajo historiográfico.

Curiosamente, a inicios del siglo XXI, los balances, experiencias, problemáticas y logros alcanzados por la historia cultural y de las mentalidades tienden a ser ignorados, llegando algunos a realizar una tabula rasa de lo aprendido hasta ahora.  Asimismo, en el caso costarricense, los inicios del siglo XXI muestran un especial énfasis de la esfera cultural tanto en la denominada historia política y social.  El balance que amablemente nos invitaron realizar pretende evaluar a la historia cultural como género historiográfico y como campo de trabajo.  ([47])  Aspecto que trataremos de desarrollar en las siguientes páginas.

 

3- La Historia Cultural como una plataforma de trabajo Historiográfico.

La regla sería: -la ficción para hacer resaltar la verdad; el esplendor de la imaginación propia alumbrando la razón ajena y avivando la conciencia, la imagen para esculpir el pensamiento que inclina a la virtud y eleva la inteligencia.  Dario. Rubén. Azul. p.3

 

La definición de cualquier género historiográfico o campos de trabajo mas o menos delimitados obliga interrogarse sobre la base teórica y metodológicamente particular que este tiene y, en consecuencia, analizar las diferencias con otros acercamientos más o menos afines. 

El reto de crear una plataforma de análisis historiográfica implica una labor de diálogo disciplinario e interdisciplinario, la creación de programas de trabajo en conjunto y el análisis de la pertinencia de fomentar utopías sociales de los sectores desposeídos. ([48]) En el contexto actual, donde se habla de la caducidad de la historia, el fin de las ilusiones en un mundo diferente y la imposición de férreas fronteras a la esperanza debemos interrogarnos si los historiadores culturales y los historiadores en general estamos dispuestos a desarrollar una historia clásica que no sólo vea el pasado para entender el presente y pronosticar el futuro sino que también otorgue a la sociedad la certeza de que sí existe el futuro.   De este modo, el despegue o decrecimiento la historia cultural como plataforma de análisis historiográfica esta en manos de los mismos historiadores, quienes debemos definir la historia cultural que ansiamos realizar

Plantearse un campo de trabajo que privilegie la esfera cultural como una categoría más de sus investigaciones, significa promover un cambio de percepción tanto de los oficiantes de la historia cultural como de otras ramas de la historiografía, donde se debe asumir que en todo hecho económico, social, político,  ideológico, conductual, simbólico y mental hay aspectos culturales y viceversa que en todo fenómeno cultural existen aspectos económicos, sociales, políticos,  ideológicos, conductuales, simbólicos y mentales.

Paralelo a ello se deben establecer preguntas atrayentes que aborden cuestiones sustanciales de la realidad y que permitan el diálogo  disciplinar.  En el caso de la historiografía costarricense desde la década de 1980 han surgido problemáticas con esas características.  Sólo en el debate convocado por Mario Samper en 1995 y “Encuentros por la Historia” organizado por la Maestría de Historia Aplicada de la Universidad Nacional ([49]) se pueden localizar diversas problemáticas tales como, las fuentes y redes del poder, los orígenes del poder, el estado y las clases sociales, la creación de las simbologías sociales, la reconstrucción de la memoria histórica; la creación de identidades y conciencias grupales, el conflicto social, la dificultad para entender los tejidos sociales, la estratificación social; el constructo social y la racional de los sujetos sociales o si se quiere la racionalidad y multiplicación de opciones y trayectorias históricas de los diferentes sujetos sociales, el peso de los factores macroestrucrurales y sus niveles organizacionales, el control social; el peso de los factores infraestructurales y tecnológicos en la historia agraria y económica, la cultura como un factor en la explicación de la dinámica social y los orígenes de otros fenómenos sociales; la combinación de tendencias intensivas y extensivas en la caracterización de los fenómenos sociales;  las percepciones del pasado, el presente y el futuro y la validez de la comparación tanto en su versión multivariable como  la más holistas y por casos significativos.

Casi diez años después tales problemáticas siguen siendo validas, aún cuando fueron planteadas originalmente para la historia económica, colonial, cultural, social política y demográfica.  No obstante, existen nebulosas  en el conocimiento historiográfico que pueden en teoría parecer más simples pero que son igualmente trascendentales en el debate historiográfico costarricense tales como las referentes  a las clases “dominantes” y los “sectores populares”.  Así por ejemplo, todavía no sabemos con certeza qué son, quiénes las integran y cuáles son sus estrategias socioculturales y económicas de dichas “clases”.  Reflexionar en torno a las estructuras y su acción, el análisis de los grandes procesos de cambio social, los problemas de la modernización son igualmente importantes, pero aún poco discutidos.  Cabe señalar que la polémica sobre la transición al capitalismo agrario es apenas retomada por algunos colegas.  Por otra parte; la preocupación por la causalidad y la narración de los fenómenos socio históricos en boga en otras latitudes no ha sido abordada con mayor profundidad por nuestro gremio.([50])

De acuerdo a lo anterior, los estudiosos de la esfera de lo cultural deben postular como uno de sus objetivos fundamentales trabajar por la articulación de sus hallazgos e interrogaciones con las que surjan en otros campos del saber histórico.  No olvidemos que el hecho cultural es un elemento integrado en la tupida red de las relaciones que se desarrollan en el tiempo y  entre sí.  Asimismo,  los grupos sociales son diversos y jerarquizados y desempeñan un papel trascendental por lo cual es necesario superar la vieja y vetusta distinción entre lo individual y lo colectivo,  para ello se requiere un trabajo disciplinario y transdisciplinario.

En los últimos años y bajo esa perspectiva se pueden localizar diversas problemáticas entre ellas la alfabetización, la historia de la lectura y la educación, la criminalidad y la delictividad, la historia social de la medicina, la identidad, la sociabilidad y lo local áreas que han desarrollado una serie de problemas de tipo interdisciplinario y que son importantes de valorar, aunque sea rápidamente por cuestiones de espacio. 

La historia de la lectura en Costa Rica,  al igual que en otras latitudes,  ha dado pasos muy valiosos para  analizar la realidad socio cultural.  En nuestro país, el principal impulsor de este tipo de trabajos sin duda es Iván Molina a través de sus libros “El que Quiera Divertirse” y más recientemente “El Taller de los Sibaja”;  ([51])   Aspecto que luego ha sido reproducido por varios de sus discípulos, entre ellos ha destacado Patricia Vega  con sus libros “De la Imprenta al Periódico” y “Con Sabor a Tertulia.  Historia del Consumo del Café en Costa Rica” ([52]).  Estos trabajos han planteado una historia de las prácticas culturales relacionando los impresos con el proceso de producción, circulación y consumo de diferentes bienes.  De ahí que se esbozará no sólo el análisis de los textos y las bibliotecas sino también las prácticas relacionadas con el contacto con lo escrito y las actividades económicas y cotidianas.

En el caso costarricense esas preocupaciones iniciales fueron desbordadas con nuevas perspectivas.  Así Carlos Naranjo, utilizó toda las revistas agrarias para analizar el cambio tecnológico; ([53]) por su parte Margarita Silva ([54]) trabajó con las cartillas cívicas para determinar los contenidos socio culturales e ideológicos que buscaba difundir la clase dominante en las escuelas y colegios. 

Los trabajos realizados hasta ahora permiten establecer un diálogo fecundo tanto con el resto de las áreas de la historia como con otras disciplinas. Principalmente todavía hay varios problemas asociados a la interpretación de las fuentes.   En el caso de la lectura y de su valoración mediante las series de inventarios de bibliotecas han sugerido por lo menos dos tipos de reparos a sus conclusiones.  Por un lado, nada asegura que los inventarios no registren tan sólo una biblioteca expurgada, por el propio propietario, así por ejemplo el propietario pudo ir modificando sus intereses o sus preocupaciones y, que en ciertas circunstancias como la represión manifiesta ha preferido deshacerse o destruir parte de sus libros.  La biblioteca particular recoge información fragmentaria y parcial del proceso general de la lectura social en un momento dado.  Por lo mismo, las conclusiones que se saquen de su examen tienen necesariamente que contrastarse con otras fuentes e informaciones.  No sólo queda fuera de su universo todo lo que remite al amplísimo campo de la “cultura popular”, con sus propios mecanismos de accesión tan singulares.  Así por ejemplo, los autodidactas obreros pocas veces lograron dotarse de una gran biblioteca y de cuyas lecturas no se tendría acceso.

Los historiadores han experimentado la necesidad de reclamar a sus colegas de la historia cultural ir al encuentro de unas fuentes que reintroduzcan las tensiones y las rupturas que permitan construir una historia más diversa y compleja.  De esta forma, cada vez se hace más inevitable definir a las clases sociales a través de sus prácticas y representaciones; las formas en cómo influye la lectura en la conciencia, o dicho de otra manera, cómo a través de la mediación de la lectura construyen los individuos una representación de los textos y una interpretación social que le permita comprender la realidad  y cómo los textos son usados y descifrados por los individuos. 

En el seno de la misma historia de las mentalidades se redescubre la potencialidad heurística de lo particular, de lo singular, hasta el punto que los “estudios de caso” se han convertido en un nuevo género historiográfico y editorial.  Esta orientación  reciente no es ajena a la propia historia social, reconvertida a la exigencia de dar toda su indispensable densidad de objetos de su estudio ahora captados a través de la vivencia de un hombre de pobre cualquiera, pero individualizado, identificado ya como singular:  Por ello la historia social de lo cultural debe mantener sus lazos con aquella aspiración a la “historia total”

En la década de 1990, en Costa Rica con el auge de la historia cultural, se pueden encontrar dos trabajos que plantearon una ruptura teórico metodológica en los estudios de la historia de la medicina y se han convertido en puntos de referencia para los nuevos investigadores. ([55]) Los precursores de esta nueva forma de abordar la historia de la medicina son  Steven Palmer y Paulina Malavassi,  ([56])   quienes se pueden situar como ejemplos notables de la vinculación de la esfera cultural en el análisis de las instituciones y realidades médicas.  Tanto Palmer como Malavassi no sólo realizaron aportes analíticos importantes sino que retomaron la renovación metodológica que se ha desarrollado en la disciplina histórica costarricense desde la década de 1970.  De este modo, ambos historiadores pueden ubicarse tanto en la denominada historia social como cultural.  En este sentido, los trabajos de Palmer y Malavassi  no sólo se quedan en el análisis de las representaciones sociales y los usos culturales de la medicina sino que también abordan el desarrollo demográfico, el contexto económico y social así como las políticas de control social.  Ello ha creado las posibilidades de un área de trabajo interdisciplinario donde los aportes analíticos de historiadores, sociólogos, antropólogos, trabajadores  y médicos puedan  debatirse sin distingos o encasillamientos profesionales.

La agenda de trabajo interdisciplinario es amplia se puede reflexionar en la importancia de analizar la historia de los hospitales desde una perspectiva iconoclasta tratando de observar las experiencias humanas; la percepción cultural del dolor y la muerte; y la relación entre pacientes, médicos, burócratas y experimentación en la vida cotidiana, entre otros.

La creación de comunidades médicas y su impacto social también son importantes analizar.   Así por ejemplo, es valioso examinar como la  ginecología, la farmacia, la oftalmología, la radiología y la misma cirugía impactaron las políticas de salud, el imaginario social y su énfasis como necesidad social. 

La relación entre las enfermedades  y el desarrollo socio cultural de las diferentes clases sociales; el problema de la eugenesia y contracepción en las sociedades liberales y contemporáneas; el control social implícito en la medicina; la relación entre el género y la terapéutica; el maridaje entre la medicina y el Estado Benefactor  y el denominado problema de la “cuestión social” son otras áreas importantes de analizar pues permiten relacionar y reconocer las dimensiones socio culturales de la medicina.

La historia de la medicina desde la perspectiva cultural al igual que otros campos de la disciplina histórica no debe desarrollarse como un espacio aislado.  En esencia debe buscar la interdisciplinariedad y desarrollar problemáticas inteligentes que le permitan iniciar un diálogo con otras disciplinas y con otras áreas del conocimiento histórico.  El principal reto de la historia socio cultural de la medicina no es conformarse como un conocimiento aislado y especializado sino que constituirse en un campo de trabajo interdisciplinario.  Desafío que no sólo le atañe a ella sino a nuestra disciplina en general.  ([57])

            En cuanto a la historia del delito y la marginalidad, a finales de la década de 1980 se introdujo con fuerza en historiografía costarricense.  Los trabajos pioneros de José Daniel Gil fueron seguidos por otros historiadores como Mayela Solano, Carlos Naranjo y Francisco Álvarez.   ([58])   A ellos se unieron un conjunto de investigadores entre los que se destacaban Eduardo Madrigal, Iván Molina, Steven Palmer, Patricia Alvarenga, Alfonso González, Elizabeth Póveda, Dora Cerdas y Ana Paulina Malavassi. ([59])

Los aportes de estos historiadores no sólo se dieron en el rescate de nuevos sujetos sociales sino del análisis de la delincuencia, las tendencias del control social, el peso de la cultura popular en la resistencia a las nuevas normas socio económicas.  

Asimismo, los trabajos sobre la pobreza y las políticas de beneficencia se han unido al análisis de la marginalidad y han complementado los hallazgos de los historiadores interesados en la delictividad.  ([60])

Ahora bien, a pesar de los destacados aportes resta mucho por conocer sobre cómo se desarrollan las estrategias de sobrevivencia de los pobres, la percepción diferenciada del pauperismo o la miseria, las políticas de seguridad social desarrollas en diversos periodos de nuestra historia y las actitudes ante la indigencia.  En los problemas de la delictividad todavía falta reinterpretar la delincuencia social, los motivos y la denominada infrajusticia comunal.

Al igual que sucede con la historia de lectura los diferentes investigadores desarrollan sus trabajos en forma más personal que grupal.  La falta de publicaciones y la divulgación de los resultados, los cuales usualmente se quedan como tesis de licenciatura, maestría y doctorado, han sido una de sus más notables características.  Esto ha provocado que los productos  investigativos se queden en el absoluto oscurantismo.  Lo anterior es particularmente cierto con respecto al grupo de trabajo conformado alrededor de José Daniel Gil, el cual ha elaborado decenas de documentos que no son debatidos en contextos más amplios.   ([61])

Asimismo, los autores no se han preocupado por captar espacios divulgativos que lleven a la interdisciplinaridad tales como las revistas judiciales, legales, de trabajo social o de sociología.   Elemento que los diferencia con respecto a los historiadores vinculados con la historia de la lectura y de la medicina, los cuales han aprovechado el espacio otorgado por CIRMA, Plumscock Mesoamerican Studies, la Editorial Porvenir y el CIICLA, entre otros.

Por su parte, la historia local  y de las identidades, en la última década han logrado un notable interés entre los historiadores costarricenses.  Las problemáticas más importantes han estado relacionadas con lo local y los mecanismos que facilitan la creación de las identidades sociales, locales y de género.  Ello ha significado no sólo una renovación historiográfica en lo temático sino también en lo metodológico.   Tal vez el aporte más notable es la superación del enfoque monográfico mediante el uso de diversos métodos como el comparativo, el etno histórico, el estudio de casos, la historia oral y el análisis fotográfico, entre otros, todo ello unido a una narrativa analítica más que descriptiva.

Al igual que las otras temáticas los investigadores han realizado sus trabajos en forma particular.  De ahí que los trabajos de Francisco Enríquez, Chéster Urbina; Lara Putman, Florencia Quesada, Eugenia Ibarra, Juan Rafael Quesada, Rina Cáceres, entre otros, realicen agendas de trabajo radicalmente diferentes. ([62])

Las problemáticas más importantes han estado desarrollados con las estrategias de desarrollo local, el papel de las instituciones de socialización secundaria y la sociabilidad en la cohesión social y el equipamiento urbano.  A pesar de los notables aportes los principales cultores de esta área investigativa no se han preocupado por visibilizar la diferenciación social y las redes de poder en las comunidades. 

Tal vez uno de los principales defectos de esta área investigativa es su auto aislamiento o la conformación de micro grupos de trabajo.   En este sentido parece extraño que aportes significativos sean virtualmente ignorados por otros colegas a pesar de estar auspiciados por las mismas instituciones..  

Un comentario aparte en esta área investigativa es la historia de la identidad nacional o el nacionalismo. Originalmente, estuvo asociada con una profunda renovación de la historia política pero pronto adoptó la esfera cultural como punto de referencia.  En este sentido los trabajos de Steven Palmer, Víctor Hugo Acuña e Iván Molina, entre otros, han destacado en el ámbito costarricense.  ([63])  En la actualidad el reclamo más significativo es la independencia con el que es tratado el fenómeno de la nacionalidad donde parece desvincularse de procesos significativos como la creación de redes de comunicación, mercados internos y políticas de control social; así como la consolidación de una clase dominante y su correspondiente hegemonía.

La historia de la educación  también encontró un gran desarrollo.  A inicios de la década de 1970 se pensaba que lograría desarrollarse como un campo de trabajo historiográfico autónomo, tal y como se desarrollaban la historia económica, demográfica, colonial y social, pero tal situación no llegó a consolidarse.  Las tesis de la educación como fragua de la especificidad histórica de Costa Rica con respecto al resto del istmo no fructificaron.  Los trabajos de Astrid Fischel, Francisco Rivas y Carlos Monge, entre otros, ([64]) cedieron paso a investigaciones más preocupadas por la consolidación de la institucionalidad educativa, como los de Carmen Liddy Fallas, Margarita Silva, Ileana Muñoz y Juan Rafael Quesada, entre otros,  ([65])  procuraron ver el grado de institucionalidad hasta la introducción de variables tan significativas como la construcción del genero, campo en que destacó Marcia Apuy. ([66])   La cotidianeidad, el control social y la creación de identidades grupales fue una problemática privilegiada por Isabel Padilla, Gladis Rojas, Iván Molina y Steven Palmer ([67])

Finalmente, es justo mencionar la praxis de la historia cultural o de las mentalidades.  El proyecto Aulas Libres que tan exitosamente se desarrollo  en la década de 1980 genero toda una práctica historiográfica ligada a las comunidades mismas.  La Asociación Acuantá, los programas de radio y el Museo de Cultura Popular son pequeños ejemplos de la labor del historiador ligado al rescate de la memoria colectiva.  Por otra parte, el Trabajo Comunal Universitario Pasado y Presente de las Comunidades Costarricenses inició toda una política investigativa y práctica que se tradujo en la creación de seminarios y cursos.  Desgraciadamente, en la última década tales propuestas han ido desapareciendo del quehacer académico y de nuevo sólo se rescatan a través de la iniciativa individual. 

 

4- Epilogo:  Que Historia Cultural es la que deseamos

-No eres metafísico, Winston. Hasta este momento nunca habías pensado en lo que se conoce por existencia. Te lo explicaré con más precisión. ¿Existe el pasado concretamente, en el espacio? ¿Hay algún lugar en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos donde el pasado siga sucediendo?

-No.

-Entonces, ¿dónde existe el pasado?

-En los documentos. Está escrito.

-En los documentos... Y, ¿dónde más?

-En la mente. En la memoria de los hombres.

-En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el pasado, ¿no es así?.

-Pero, ¿cómo vais a evitar que la gente recuerde lo que ha pasado? - exclamó Winston olvidando del nuevo la palanca-. Es un acto involuntario. No puede uno evitarlo. ¿Cómo vais a controlar la memoria? ¡La  mía no la habéis controlado!

Orwell George.  1984.  Ediciones Mestas.  Madrid, España.2003, p.229-230.

 

 

En la actualidad cuando se habla del fin de la historia, el predominio de la narratividad sobre la interpretación, el predominio de la ficcionalidad sobre la búsqueda de la verdad,  la crisis de la disciplina histórica y la consumación y agotamiento de ciertas áreas historiográficas debemos plantearnos si verdaderamente estas existen o si hablamos de una crisis de los historiadores, como sujetos que no encontramos horizontes de trabajo conjuntos o la auto privación proyectos de incidencia social.  Pienso que esto último es en lo que debemos concentrarnos a través de una simple pregunta ¿qué tipo de historia sea cultural, económica, mental, política queremos realizar y tener?

Particularmente, creo que debemos seguir soñando por una historia que rescate el papel de los sujetos de carne y hueso, con sus vivencias cotidianas, sus locuciones, sus gestos, sus simbolismos, sus visiones de mundo, sus imaginarios  colectivos y desde luego sus utopías por una sociedad mejor. 

En el caso costarricense, la historia cultural no puede abandonar el deseo (y las experiencias ya logradas) de crear una historia junto con la gente común y corriente, aspiración que no sólo le atañe a ella, sino a cualquier área historiográfica que se repute como tal.

Lo anterior no es un estorbo al trabajo sistemático, metodológico, heurístico, interdisciplinario y problematizador de la realidad, todo lo contrario, es una parte indisoluble del trabajo del historiador.

Asimismo, dicha faceta metódica no debe convertirse en un simple ejercicio para lograr la cientificidad o la descalificación de otras áreas de la historia, sino que a la par de esa sistematización rescate siempre la dimensión humanista de nuestra disciplina.  En este caso, el oficiante de la historia cultural, como cualquier otro devoto de la historia,  debe reivindicar la imaginación y que esta le permita generar una constante renovación de sus marcos metodológicos y teóricos pero también de las fuentes ello unido a un recuentro su realidad social más inmediata y con los sectores sociales más necesitados.   

De ese modo, la historia cultural logrará tener una incidencia académica y social, en la medida que aspire a ser necesaria y en consecuencia política, que no desconozca la dimensión ideológica de su quehacer investigativo y que nos enseñe que existe tanto el futuro como la posibilidad de soñar en nuevas utopías sociales.

Todo ello acompañado con nuevas formas de difundir la historia, con el compromiso  de promover valientemente una cultura histórica en nuestra sociedad.   Que trabaje con las diferentes áreas de la historia promoviendo el trabajo disciplinario y a la par de ello la trasndisciplinariedad, pero no acosta de lo primero.

En fin, una historia cultural con cultores capaces de comprometerse con las realidades que estudia en forma apasionada y constante; con historiadores preparados para trabajar hasta las últimas consecuencias sus problemáticas, esperando madurar su análisis a través del diálogo y el entusiasmo investigativo. 

 



[1] El presente artículo es el resultado de tres reflexiones que se dieron en el 2004.  La primera fue el intercambio de opiniones entre los colegas Luis Pedro Taracena, Miriam Miranda, José Cal, Miguel Herrera, Carlos Gregorio López y Patricia Vega en el marco de la mesa de Historia Cultural del VII Congreso de Historia Centroamericano y que sirvió como conclusión a todas las actividades y discusiones que se dieron en la mesa de historia cultural.  Debo indicar que muchas de las referencias para el caso costarricense fueron tomadas de un trabajo previo publicado en el contexto del Seminario Entre dos siglos: la investigación histórica en Costa Rica, 1992-2002. (Museo Histórico Cultural Juan Santamaría 13 y 14 de noviembre, 2002 Alajuela, Costa Rica).  La segunda reflexión surgió a partir de una generosa discusión con los doctores Patricia Badilla, José Daniel Gil y el suscrito reseñando los alcances de la divulgación y la difusión cultural en el quehacer de cada uno de nuestros proyectos.  El resultado de esa discusión fue el documento titulado “La Difusión Histórica y la Recuperación de la Memoria”:  Una reflexión introspectiva a partir del proyecto Clionet de Costa Rica” y el cual será publicado por la Revista de Historia.  Finalmente, la tercera  reflexión fue en el marco de la presentación del libro Estrategias para estudiar la comunidad donde vivimos del colega Francisco Enríquez.

A raíz del VII Congreso de Historia, los integrantes de la mesa de historia cultural acordamos escribirlas para un público más amplio y con miras a generar un debate en el ámbito centroamericano.  Desde ya me disculpó por las inevitables repeticiones con los trabajos arriba mencionados.

[2] Véase Burke Peter editor.  Formas de Hacer Historia.  Alianza Universidad.  Madrid, España. 1996 y Rioux Jean Pierre  y Sirinelli Jean FranVois.  Para una Historia Cultural.  Taurus.  Madrid, España.1999.

[3] Molina, Iván y Palmer Steven.  Héroes al gusto y libros de Moda.  Sociedad y Cambio Cultural en Costa Rica, 1750 – 1900.   Editorial Porvenir – CIRMA – Plumsock Mesoamerican Studies.  San José, Costa Rica. 1992. 

[4] Molina, Iván y Palmer Steven.  Héroes al gusto..., p.2.

[5] Debemos indicar que la comunidad de los nuevos historiadores fue cuantitativamente una pequeña congregación, por cierto muy heterogénea tanto en su procedencia social, como en sus características político-partidarias, formativa, ideales, ideología e intereses investigativos, pero aún así cumplió un papel preponderante en la profesionalización e institucionalización de la historia en Costa Rica.

Hoy en día, la discusión sobre los nuevos historiadores resulta un poco estéril pues el grupo como tal nunca llegó a trabajar como una  colectividad coherente.  No obstante, en la década de 1980, tuvo un papel muy relevante en cuanto permitió crear un sentimiento de identidad y trascendencia social. Al respecto véase  Acuña Víctor Hugo  “La renovación de los estudios históricos en Costa Rica”.  En:  Revista de Historia.   No. 12-13.  EUNA.  Heredia, Costa Rica.  1986, pp. 11-16;  González, Paulino.  “Los avatares de la historia” En:  Revista de Historia.  EUNA-EUCR.  No. Especial.  1988.  Y el sitio cultores de la historia http://historia.fcs.ucr.ac.cr/escuela/indices/i-entrev.htm

[6] Véase Viales, Ronny:  Mitos, Corrientes y Reflexiones.  El Oficio del Historiador en Costa Rica del Siglo XXI.  En Reflexiones.  No. 78. Número Especial. EUCR  1999, pp. 49-57

[7] A lo que habría que agregar que esta historiografía cultural desarrollada entre 1900 y 1970 tuvo diversos grados de refinamiento.   De este modo, uno podría considerar obras clásicas como Cleto González Víquez, Felipe González Flores, Francisco María Núñez, Ricardo Jinesta, Bernardo Agusto Thiel y Víctor Manuel, Sanabria, entre otros con una gran riqueza empírica (para una valoración de sus obras véase Quesada, Juan Rafael.  Historia de la Historiografía Costarricense.  1821-1940.  EUCR.  San José, Costa Rica. 2001) y otras de un valor historiográfico cuestionable como las de Rodríguez Vega Eugenio.  Apuntes para una Sociología Costarricense.  EUNED.  San José, Costa Rica.   2 ed.  1977; Cordero Solano, José Abdulio. El ser de la nacionalidad costarricense.  EUNED. San José, Costa Rica. 1980cuya riqueza esta ubicada en el discurso normativo e ideológico, más que en su dimensión investigativa.

[8] Véase Viales, Ronny.  Lógica (s) de la descripción y de la explicación histórica: algunas reflexiones”. En:  Reflexiones. No. 80-2.  San José. Editorial de la Universidad de Costa Rica. 2003. pp. 77-89

[9] Al respecto véase Samper, Mario.  Metodologías Convergentes e Historia Social del Cambio Tecnológico en la Agricultura.  Progreso Editorial. San José, Costa Rica. 2001

[10] Un balance sobre las peripecias de la historia demográfica puede ser localizado en Salas, José Antonio.  “Construyendo la Historia Demográfica Costarricense:  Mirada Retrospectiva a una Experiencia.  En Revista de Historia.  No. Especial.  EUNA-EUCR.  Heredia, Costa Rica.  1996, pp. 93-111.

[11] Véase Viales, Ronny.  Lógica (s) de la descripción y de la explicación histórica...,pp. 77-89

[12] La desvinculación de los historiadores con su realidad social más inmediata ha sido expuesta por Iván Molina, para él: “Mientras en el resto de Centroamérica, en muchos sentidos, la discusión sobre el pasado es un proceso básicamente vivo, en Costa Rica el pasado parece que se ha vuelto un tema de interés esencialmente académico, por el cual se interesan poco los círculos políticos e intelectuales. En estas circunstancias, aparte de publicar un artículo en la prensa o eventualmente de salir en televisión, o de hacer algo más radical como participar en una marcha, no veo qué otra cosa podría hacer el historiador. Por otra parte, hay que tener en cuenta que ni siquiera como gremio profesional hemos sido capaces de interesarnos seria y generosamente por los problemas asociados con la enseñanza de Estudios Sociales. Es más, tampoco nos ha interesado como gremio profesional pronunciarnos acerca de determinados problemas nacionales. Desde esta perspectiva, la mayoría de los historiadores costarricenses no son exactamente modelos de ciudadanos”  Véase Entrevista a Iván Molina.  En Dirección web: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/i-molina.rft

[13] En el último lustro, como docente, he sido testigo de una manifiesta despolitización de un grupo importante de estudiantes de historia, estudios sociales y archivística,  aspecto que realmente me preocupa como posible tendencia en la formación de nuevos profesionales, a pesar de que la idea de una historia comprometía a sido el motor de la denominada historia social que inspiró a personajes como Walter Benjamín, Marc Bloch, Pierre Vilar, Norbet Elias, E.P: Thompson y Eric Hobsbawn, entre otros.

[14] Un balance de esto se encuentra en Marín Hernández Juan José.  La Difusión Histórica y la Recuperación de la Memoria:  Una reflexión Introspectiva a partir del proyecto Clionet de Costa Rica.  (Revista de Historia.  No. 48.  EUNA – EUCR. Heredia, Costa Rica, en prensa).

[15] Los trabajos son varios pero vale la pena mencionar los  Quesada Rodrigo Oscar Wilde (1854-1900): Del Arte por el Arte  a una Cena con Panteras.  En: Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.  No. 15 Dirección Web http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/o_wilde.html ; y  Quesada Rodrigo La Oruga Blanca  Editorial de la Universidad Nacional.  Heredia, Costa Rica 2004. 

[16] Véase Gil, José Daniel.  De Pandoras, Prometeos y “Nuevas Arcas de Alianza” En: Revista de Historia.  Número Especial.  EUNA – EUCR.  Heredia, Costa Rica.  1996, p. 207-220

[17] Zeledón Elías.  Leyendas Costarricenses.  EUNA.  Heredia, Costa Rica.  1989,

[18] Zeledón Elías.  La vida cotidiana de nuestros abuelos (1801-1910).  Editorial Costa Rica.  San José, Costa Rica.  2004

[19] Zeledón Elías.  Santoral Costarricense:  Fiestas y Tradiciones.  Editorial UCR.  San José, Costa Rica.  1998

[20] Zeledón Elías.  Sortilegio de Viejas Raíces:  Leyendas Costarricenses.  Editorial UCR.  San José, Costa Rica.  1998.

[21] Zeledón Elías.  La vida cotidiana de nuestros abuelos..., p.14

[22] Zeledón Elías.  La vida cotidiana de nuestros abuelos..., p.26

[23] Véase Lobo Tatiana.  Abordar  la historia desde la Ficción Literaria  (o como destejer la bufanda) En: Revista Comunicación.  Cartago.  Costa Rica.  Escuela de Ciencias del Lenguaje.  Instituto Tecnológico de Costa Rica.  Vol 12.  Número Especial.  Año 23.  Noviembre 2002.  p.114-119.  Uno de los pocos historiadores que reaccionar contra la pretensión de sustituir la historia por la novela histórica fue realizada por Iván Molina en la sección de opinión del Semanario Universidad en el mes de setiembre.  (Cfr Boletín Electrónico de Historia, dirección web http://historia.fcs.ucr.ac.cr/boletin/2003/set-2003/UnarespuestaaTatianaLobo.htm 

[24] Badilla, Patricia, compiladora.  Memoria y Cultura Popular Costarricense.   San José, Costa Rica. CENAP.  1986, p.11

[25] Entrevista a José Daniel Gil. En la sección “Experiencias de Extensión Docente”. Dirección web http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/ehapliacda/extension_jdgil.pdf

[26] Véase las entrevistas a Mariana Campos, Ronny Viales Hurtado y Francisco Enríquez  en la sección En “Experiencias de Extensión Docente”.  Direcciones web http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/ehapliacda/extension_mcampos.pdf ;   http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/ehapliacda/extension_rviales1.pdf ;  http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/ehapliacda/extension_fenriquez.pdf ; 

[27] Particularmente, el suscrito considera valioso la idea original del Museo de Cultura Popular el cual pretendía retomar el papel de los cultores populares y la juventud de las clases trabajadores en la organización interna del museo.  Es decir, retomar aquellos miembros de las clases subalternas que poseen y manejan diversos conocimientos empíricos tradicionales de su comunidad logran crear prácticas creadoras concretas; así como a los miembros más jóvenes de dichas clases para que estos logren reactivar su propia cultura a través de procesos de endoculturación y con ella aprehender la riqueza de su mundo. Véase De Carli. Georgina.  El Proceso de Reactivación de la cultura Popular.  Fines  del Museo Regional de Cultura Popular.  Heredia.  En: Badilla, Patricia, compiladora.  Memoria y Cultura Popular Costarricense...., p.83-88.

[28] Para una recapitulación de la historia y vivencias  del Museo de Cultura Popular véase las entrevistas a Carlos Naranjo y Mayela Solano.  En la sección “Experiencias de Extensión Docente”. Direcciones web http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/ehapliacda/extension_carlosnaranjo.pdf   y  http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/ehapliacda/extension_mayelasolano.pdf

[29] Acuña. Víctor Hugo.  Cuestiones de Memoria Popular e Historia Social.  En: Badilla, Patricia, compiladora.  Memoria y Cultura Popular Costarricense...., p.45

[30] Debemos indicar que en este aspecto la historia cultural no escapa a la critica de la dispersión y caos temático que sufre la historiografía actual donde cualquier tema parece considerarse como válido para investigar.   

[31] Particularmente, consideramos injusta esta conclusión pues al igual que en otros campos de la historia como la social, la política, la económica y de las mentalidades existen libros y artículos serios y malos.  Por ello el juzgar como poco serio un campo de trabajo va más allá de un análisis de escasos trabajos.  Por el contrario,  es oportuno un análisis pormenorizado tanto de la riqueza teórico metodológica como del aparato herurístico y problemático.

[32] Al igual que José Antonio Fernández creemos necesario realizar un estudio detallado de los historiadores costarricenses entre 1960 y la actualidad.  Esto como primer paso para analizar el perfil de los historiadores en general y de los denominados historiadores culturales para comprender la práctica socio profesional.  Sobre esta preocupación véase Molina, José Antonio.  ¿Decidía o muerte anunciada? Apuntes sobre el desarrollo historiográfico costarricense durante la segunda mitad del siglo XX y su incierto futuro.  Revista de Historia.  Número Especial.  EUNA – EUCR.  Heredia, Costa Rica.  1996, p.234.

A pesar del valioso trabajo de Francisco Enríquez, Iván Molina, David Díaz y el Sitio Web de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica en su sección de cultores de la historia  (http://historia.fcs.ucr.ac.cr/indices/entrev-hisco.htm) en recoger las experiencias y opiniones de los diferentes historiadores sobre la sistematización de su  trabajo historiográfico o del libro.  Ciencia Social en Costa Rica.  Experiencias de vida e investigación” San José, Costa Rica.  EUCR.  1998 de Molina et  al.  aún el conocimiento sobre las prácticas de los historiadores es muy reducido

[33] Curiosamente, Iván Molina considerado uno de los más significativos historiadores culturales afirmó en una entrevista:

“Se me considera ahora un historiador de la cultura, aunque yo no estoy muy convencido de esta adscripción. Pienso que puede ser válida en cuanto en el sentido de que cuando uno está, por ejemplo, analizando determinados temas uno tiende a realizar artículos más especializados. Pero creo que el horizonte del historiador debe ser siempre un horizonte  sumamente amplio, que le permita integrar las diversas dimensiones de lo social, es decir, no quedarse únicamente en lo económico, en lo político sino tratar de ver las complejas relaciones entre variables de distinta índole”

Véase http://historia.fcs.ucr.ac.cr/entrev/i-molina.rtf

Asimismo, se ignora los aportes de otros historiadores que sin ser adscritos al área cultural realizan trabajos muy interesantes, tal es el caso de Rodrigo Quesada Monge.

Como se verá más adelante, los proyectos historiográficos conllevan posiciones políticas y visiones de mundo particulares.  En el caso de varios historiadores costarricense la noción de historia cultural todavía no lleva un contenido semántico asociado al compromiso político y a la praxis social tal y como sí parecen evocar los conceptos de historia social y de la historia de las mentalidades.  

[34] Samper, Mario.   Revista de Historia.  Número Especial.  EUNA – EUCR.  Heredia, Costa Rica.  1996, p. 12.

[35] Molina, Iván.  Imagen de lo imaginario.  Introducción a la Historia de las Mentalidades Colectivas. En:  Fonseca, Elizabeth (comp.).  Historia Teoría y Métodos.  EDUCA. San José, Costa Rica. 1989, pp. 179-224.

[36] Este divorcio es interesante tenerlo en cuenta pues marcaría el desarrolló de lo cultural en los dos lustros subsiguientes, tal y como veremos más adelante.

[37] Molina Iván y Palmer Steven “Héroes al Gusto...

[38] Véase Revista de Historia.  Número Especial.  EUNA – EUCR.  Heredia, Costa Rica.  1996, pp. 203-227.

[39] Cerdas, Dora.  Sobre Historia Cultural, Vida Cotidiana y Mentalidades. En: Revista de Historia.  Número Especial.  EUNA – EUCR.  Heredia, Costa Rica.  1996, p. 206

[40] Véase Gil, José Daniel.  De Pandoras, Prometeos .., p. 207-220

[41] Es importante destacar la vinculación que ha desarrollado José Daniel Gil entre el quehacer historiográfico y la práctica social de lo cultural.  Al respecto son encomiables sus esfuerzos en Aulas Libres, la asociación ACUANTA, los 250 programas radiales divulgados en la zona sur del país, así como, los  diversos talleres y seminarios organizados por él mismo, entre ellos el Taller de Animación Cultural de 1987 y el Taller‑seminario  "Recordar  es  vivir"  de 1991, entre otros..

[42] Particularmente creemos que las críticas de Rojas se situaban desde una visión de trabajo antihistórica en especial por visión de que los textos crean sentidos por sí.  Para ella lo importante del trabajo cultural se haya en cómo se utiliza el texto y cómo se le analiza. 

A pesar de lo anterior varias de las aseveraciones de Rojas quedaron sin debatir.  En especial faltó una mayor discusión sobre los problemas de cómo se crea el conocimiento histórico y sobre las formas de trabajo que realizan los historiadores.  En efecto, en los últimos diez años parece que los historiadores costarricenses hemos reducido nuestra perspectiva de trabajo.   Cada vez son más frecuentes la publicación de artículos que de libros y la predilección de las pequeñas coyunturas que de los análisis estructurales.  En ese nuevo contexto las grandes investigaciones tienden a reducirse.  En la actualidad,  lo común son los artículos donde las fuentes (muchas veces escasas) tienden auto confirmarse entre  sí evadiendo así las grandes interrogantes que permitan realizar trabajos comparativos en otros contextos.  Además, de los posibles peligros del  discurso tautológico  también pareciese desarrollarse una propensión al monofuentísmo y un retorno a los marcos teóricos prediseñados para interpretar la realidad.  

No quisiera dejar de mencionar que muchas veces el contexto socio económico ha empujado a la reducción de perspectiva del historiador.  En efecto, muchos historiadores costarricenses no cuentan con recursos económicos para impulsar sus investigaciones y mucho menos para realizar trabajos comparativos en el ámbito centroamericano o del Caribe. 

[43] Véase:  Ginzburg, Carlo.  El Queso y los Gusanos.  Barcelona, España.  Muchnik Editores.  1986 y Chartier, Roger.  El Mundo Como Representación.  Historia Cultural:  Entre Práctica y Representación.  Barcelona, España.  Gedisa.  1995

[44] Principalmente, las críticas de Hayden White, Francois Furet y Clifort Gertz han calado mucho en la historia cultural internacional y nacional.  Un balance crítico  es realizado por Noirel, Gerard.  Sobre la Crisis de la Historia.  Valencia, España.  Frónesis.  1997, 147-153.

[45] Barros, Carlos.  Historia de las Mentalidades: Posibilidades  Actuales.  Sitio web Profesor Carlos Barros.  http://www.h-debate.com/cbarros/spanish

Curiosamente, autores como Alain Corbin se sienten insatisfechos con la historia cultural.  Así por ejemplo, este historiador señala: 

“Los especialistas de historia cultural saben hoy estudiar las instituciones, los objetos y las prácticas pero no se atreven abordar los mecanismos afectivos cuyo conocimiento constituye el único medio capaz de dar un sentido a sus pacientes y fructíferas investigaciones.... Dicho lo cual, lo más grave para mí sigue siendo el anacronismo psicológico.  Lo peor, sí, es la tranquila, abusiva y ciega certeza de la comprensión del pasado.  Delimitar los contornos de lo pensable, detectar los mecanismos de la nueva afectividad, la génesis de los deseos, la manera como en un tiempo dado se experimentan los sufrimientos y los placeres, describir los hábitos, recuperar la coherencia de los sistemas de representación  y de apreciación, resulta indispensable”  (véase Corbin, Alain.  El Territorio del Vacío.  Occidente y la Invención de la Playa (1750-1850).  Mondadori – Gijalbo.  Barcelona, España.  1993, p.9).

[46] Una versión del Manifiesto de historia se puede encontrar en la siguiente dirección web:  http://historia.fcs.ucr.ac.cr/articulos/manifiesto.htm

[47] Carlos Forcadell realizó un interesante balance donde manifestaba lo importante de reflexionar sobre los problemas historiográficos a la luz de las necesidades nacionales y no sobre las prácticas, concepciones, crisis y problemas que afrontan las tradiciones historiográficas norteamericana, británica, alemana o francesa.  Véase:  Forcadell, Carlos.  Sobre desiertos y secanos.  Los movimientos sociales en la historiografía española.  En:  Historia Contemporánea.  No. 7.  UPU.  1992, p., 101.

[48] Uno de los principales y recurrentes argumentos en los trabajos enmarcados dentro de la historia cultural es el desprecio de intelectuales radicalizados, la “inteligentsia” de la oligarquía y la clerecía hacia los sectores populares y su cultura.  De ser eso cierto sería interesante debatir el desestimación de esa cultura por los historiadores actuales, si es que esta se dio o se sigue dando.

[49] Véase Gil, José Daniel (compilador).  Libro Digital Primer Encuentros por la Historia. Heredia Costa Rica.  Maestría de Historia Aplicada – Escuela de Historia Universidad Nacional.  2002.

[50] Nos referimos especialmente a la polémica entre Eric Hobsbawn y Lawrence Stone.  Véase “La Historia como Narrativa.  En:  Debats.  No. 4. Valencia – España.  (material fotocopiado sin pie de imprenta ni año)

[51] Molina,  Iván.  El que quiera divertirse.  Libros y sociedad en Costa Rica (1750-1914).  San José, Costa Rica.  Editorial de la Universidad de Costa Rica.  1995. y Molina,  Iván.  Una imprenta de Provincia.  El Taller de los Sibaja en Alajuela, Costa Rica, 1867-1969.   Alajuela, Costa Rica.  Museo Histórico Cultural Juan Santamaría – Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.  2002.

[52] Vega, Patricia.  De la Imprenta al Periódico.  Los inicios de la Comunicación Impresa en Costa Rica., 1821- 1850.  San José, Costa Rica.  Editorial Porvenir.1995 y Vega, Patricia. Con Sabor a Tertulia.  Historia del Consumo del Café en Costa Rica 1840-1940.  ICAFE y Editorial de la Universidad de Costa Rica.  2004

[53] Véase Naranjo, Carlos.  La Modernización de la Caficultura Costarricense 1890 – 1950.  (Tesis de Maestría en Historia) Escuela de Historia.  Universidad de Costa Rica.  1997

[54] Silva, Margarita.  Las Cartillas Cívicas.  Tercer Congreso Centroamericano de Historiadores (San José, Costa Rica, 16, 17, 18 de julio de 1986)

[55] Un análisis más detallado de esta área de trabajo se puede encontrar en Marín, Juan José.  Balances y Perspectivas para una Historia Social de la Medicina en Costa Rica.  En:  Revista Reflexiones  No. 80 (2):   Editorial Universidad de Costa Rica.   San José, Costa Rica, pp.  53-65.  2001.

[56] Algunos trabajos de Steven Palmer que se pueden consultar los siguientes “The Penitentiary, Police Reform and the Beginnings of Social Policy in Costa Rica, 1880-1935 (Newfoundland, inédito);  Palmer, Steven.  “Pills, potions, papers and Policing The Penitenciary, police reform and the beginnigs of social policy in Costa Rica, 1880-1935” (Newfoundland.   Inédito.   1993) Palmer, Steven.  Pánico en San José.   El consumo de heroína, la cultura plebeya y la política social en 1929.   En:    El Paso del Cometa.   Estado, política Social y Culturas Populares (1800-1950).   San José, Costa Rica.   Plumsock Mesoamerican Studies, CIRMA Editorial Porvenir.   1994. 

De Paulina Malavassi véase:  “Entre la marginalidad social y los orígenes de la Salud Pública:  Leprosos, Curanderos y Facultativos en el Valle Central de Costa Rica, 1784-1845.  (Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica).  San Pedro, Costa Rica.  1998.

[57] Ese  temor es fundado.  En la actualidad, existe la tendencia de convertir a la historia socio cultural de la medicina como un campo independiente de la historiografía.  Particularmente, nosotros consideramos esta tendencia como peligrosa máxime en un contexto historiográfico nacional marcado por la compartimentalización antes que el trabajo interdisciplinario; la ausencia de enfoques y problemáticas integradoras; el cada vez más visible divorcio entre las perspectivas cuantitativas y cualitativas; cierta desorientación en el establecimiento de problemáticas atractivas y sugestivas que permitan el diálogo multidisciplinario y la ausencia de trabajos comparativos tanto al interior de nuestro país como en el ámbito centroamericano.  Por ende,  insistimos que los nuevos derroteros de la historia social de la medicina, tienen el reto de  crear un campo de trabajo común antes que apostar a la especialización compartimentalizada.

[58] Gil, José Daniel.  Gil, José Daniel.  Homicidio, Asociación y Conflicto en la Provincia de Heredia.  1885-1915 (Tesis de Doctorado en Historia.  Universidad Autónoma de Barcelona.  Barcelona, España.  1994;  Naranjo y Solano.  "El delito en San José, 1870-1900.  Un intento de análisis histórico-social del delito".   (Tesis de  Licenciatura en  Historia. Universidad Nacional) Heredia, Costa Rica.   1989; y Alvarez, Francisco.  Homicidios en San José:  1880-1921. (Tesis de Licenciatura en Historia, Universidad Nacional).  Heredia, Costa Rica.  1995.

[59] Véase: Molina, Iván y Palmer, Steven.   El Paso del Cometa...; Molina, Iván y Palmer, Steven.   La Voluntad Radiante.   Cultura Impresa, Magia y Medicina en Costa Rica (1897-1932).   San José, Costa Rica.   Plumsock Mesoamerican Studies.   1996;    Malavassi, Ana Paulina.  “Entre la Marginalidad Social y los Orígenes de la Salud Pública:  Leprosos, Curanderos y Facultativos en el Valle Central de Costa Rica.  1784-1845”. (Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica).  1998; González, Alfonso.  Costa Rica, el  Discurso de la Patria.   San José, Costa Rica.  EUCR.  1994;  Alvarenga, Patrica.  Cultura y Etica de la Violencia.  El Salvador 1880-1932.  San José, Costa Rica.  Educa.  1996;  Póveda, Elizabeth.  Moral Tradicional y Religiosidad Popular en Costa Rica (1880-1920).  San José, Costa Rica.  Euro Impresora Sofía.  1997; y Cerdas, Dora.  Matrimonio y Vida Cotidiana en el Graben Central Costarricense (1851-1890)  (Tesis de Licenciatura en Historia.  Universidad Nacional)  Heredia, Costa Rica.  1992.

[60] Barrantes Luis Osvaldo; Fernández Cartín Liliana; Fernández Dormond Nydia; Herrera Blanco Ricardo; Solano Montenegro Flor Eugenia y Solano Ramírez Sonia.  Política social, beneficencia y abandono de niños en Costa Rica: 1890- 1930.  (Seminario de Graduación para optar por el grado de Licenciatura en Historia).  Escuela de Historia, Universidad de Costa Rica. 1995 y Briceño Díaz César Antonio; Elizondo Calderón William; Rodríguez Sancho Javier y Vega Bustos María Auxiliadora. Pobreza urbana en Costa Rica (1890-1930): el caso de la ciudad de San José  (Seminario de Graduación para optar por el grado de Licenciatura en Historia).  Escuela de Historia, Universidad de Costa Rica. 1998

[61] Aunque nos podemos desviar del tema creo que es importante analizar la creación de una infraestructura investigativa y divulgativa propia en la historia cultural.  Si bien creo que esta ha sido en forma desigual.  Así por ejemplo la historia de la delictividad a pesar de producir mucho ha publicado muy poco.   En este sentido será importante reevaluar y comparar los análisis de Víctor Hugo Acuña, Paulino González y Mario Samper con el contexto investigativo actual.  (Véase  Acuña, Víctor.  La Renovación de los Estudios Históricos en Costa Rica.  En Revista de Historia.  No. 12-13.  EUNA – EUCR.  Julio 1985 – Junio 1986.  Heredia, Costa Rica, pp.  14-15; González Paulino.   Los avatares de la Nueva Historia.  En Revista de Historia.  Especial  No. 1.  EUNA – EUCR.  1988.  Heredia, Costa Rica, pp. 36-39; y Samper, Mario La Revista de Historia, 1975-2000...  Balance Historiográfico Retro/Prospectivo.  En Cuadernos Digitales.  No. 6.  Dirección Web:  http://historia.fcs.ucr.ac.cr/cuadernos/c6-his.htm.

Precisamente,  Mario Samper en su balance historiográfico sobre la Revista de Historia señaló: “...el carácter temática y cualitativamente selectivo del proceso de publicación de artículos en la Revista de Historia le ha permitido jugar un papel reforzador de enfoques que pretendieron romper con otros, considerados más tradicionales en términos de los temas tratados y la forma de abordarlos.  Seguramente ello contribuyó a darle un perfil propio a una revista que ha alcanzado reconocimiento y proyección internacionales.

La contrapartida, también inescapable, ha sido un gradual divorcio entre la Revista de Historia y quienes tienen otras formas de concebir y practicar la investigación histórica.  En parte ello resulta de una opción por parte de quienes hemos conformado en distintos momentos el Consejo Editorial de la Revista de Historia, designados por quienes han conducido colectivamente las entidades co-editoras, y también de los dictaminadores externos cuya opinión hemos solicitado, seleccionándolos inconscientemente por afinidad con nuestra propia manera de pensar y ejercer este oficio. 

En alguna medida, las percepciones de otros acerca de la Revista de Historia también han generado un proceso de auto-exclusión, de modo que la oferta de artículos se ve circunscrita por la imagen misma de la Revista y por una estimación razonable de autores y autoras acerca de la probabilidad de aceptación de su trabajo.  A nadie le gusta el rechazo, y en nuestro medio tendemos a personalizarlo con demasía, pero más allá de ese mecanismo defensivo, todos tendemos a invertir esfuerzo de manera focalizada, orientando nuestra oferta hacia los espacios editoriales que consideramos más compatibles con nuestra producción académica.   ” (véase: Samper, Mario La Revista de Historia, 1975-2000... 

Lo curioso de ese balance es que demostró como la denominada historia tradicional generó sus propios espacios investigativos y divulgativos. 

La reflexión del profesor Samper nos invita considerar si dicho fenómeno se esta repitiendo con la historia cultural la cual parece estar creando sus propia infraestructura.   El tiempo dirá si esto es así, y sí con ello se posibilitarán nuevas formas de investigación que auto enriquezcan la producción historiográfica o por el contrario fomente la fragmentación y el aislamiento investigativo. 

[62] Un análisis  detallado es realizado por Molina, Iván.  Culturas y cotidianeidades en la investigación histórica costarricense: un balance de fin de siglo.  En Diálogos Revista Electrónica de Historia.   Vol 2. No. 1.  Octubre del 2001 - Enero del 2001.  Dirección Web: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/n-ante/rh-v2n1.html

[63] Véase Palmer, Steven.  “Sociedad Anónima, Cultura Oficial:  Inventando la Nación en Costa Rica (1848-1990) En:  Molina Iván y Palmer Steven “Héroes al Gusto...; pp. 171-205; Acuña, Víctor Hugo.  Nación y Clase Obrera en Centroamérica Durante la Época Liberal (1870-1930)  En: Molina Iván y Palmer Steven El paso del Cometa..., 145-165; Molina, Iván.   Costarricense por Dicha.  Identidad Nacional y Cambio Cultural durante los siglos XIX y XX.  Editorial Universidad de Costa Rica.  San José, Costa Rica.  2002.

[64] Fischel Astrid.  Consenso y Represión en Costa Rica:  Una Interpretación Socio Política de la Educación costarricense.  Editorial Universidad de Costa Rica.  San José, Costa Rica.  1987; y Rivas Francisco.  Monge Carlos.  La Educación:  Fragua de Nuestra Democracia.  Editorial Universidad de Costa Rica.  San José, Costa Rica.  1984. 

[65] Fallas Jiménez Carmen Liddy y Silva Hernández Ana Margarita.  Surgimiento y desarrollo de la educación de la mujer en Costa Rica: 1847-1886 (Tesis de Licenciatura en Historia) Universidad de Costa Rica.  1985; Ileana Muñoz.  Educación  y Régimen Municipal en Costa Rica, 1821 – 1882. Editorial Universidad de Costa Rica.    San José, Costa Rica. 2002; Quesada, Juan Rafael.  Democracia y Educación en Costa Rica.  En:  Revista de Ciencias Sociales.  No. 48.  EUCR.  San José, Costa Rica.  1990.

[66] Apuy Medrano Marcia.  Educación, mujer y sociedad en Costa Rica, San José, 1889-1949. (Tesis de Licenciatura en Historia) Escuela de Historia. Universidad Nacional.  Heredia.  1995

[67] Molina Iván, Rojas Gladis y Palmer Steven.  Educando a Costa Rica.  Alfabetización Popular, Formación Docente y Género, 1880 – 1950.  Plumsock Mesoamerican Studies y Editorial Porvenir.  San José, Costa Rica. 2000 y Padilla Elizondo María Isabel.  La educación como agente legitimador del Estado costarricense,  1869-1935. (tesis de Licenciatura en Historia) Escuela de Historia. Universidad Nacional.  Heredia.  1995